
El Instituto Napoleónico
México-Francia orgullosamante presenta:
CRÓNICAS
DEL CONSULADO
Primera
Parte |
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Una mirada a la
historia verdadera del Emperador Napoleón
I, de su obra y de su legado
LA
PRODIGIOSA OBRA DEL CONSULADO
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«
El Primer Cónsul
coloca la primera piedra de
las fachadas de la Plaza Bellecour
en Lyon
»
Dibujo de Charles Monnet en
su colección «
69 dibujos para la ilustración
de la Historia de Francia
durante el Imperio de Napoleón
el Grande ».
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«
Quiero arrojar sobre
el suelo de Francia algunas
masas de granito » |
Napoleón Primer
Cónsul. |
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El
extraordinario balance del Consulado merece
su lugar aquí porque ilustra elocuentemente
las altas preocupaciones pacificadoras del
Primer Cónsul.
EXTINCIÓN
DE TODOS LOS FOCOS DE GUERRA
Frutos forzados
de la primera guerra impuesta a Bonaparte,
los decepcionantes tratados ya evocados de
Lunéville y de Amiens constituyen la
más espectacular conquista de paz del
Consulado. Pero no permiten alcanzar la paz
general a la cual Francia entera aspira tras
nueve años de conflictos incesantes.
Otros focos de guerra persisten en Europa
continental, en el Mediterráneo, en
la península ibérica y en el
Atlántico.
En Europa
continental, un primer tratado de amistad
entre Francia y Baviera, firmado el 14 de
agosto de 1801, abre la era de la influencia
francesa en Alemania.
El 8 de octubre del mismo año, se concluye
el tratado de París,
que pone fin al estado de guerra con Rusia.
Partícipe descarriada de la segunda
coalición, su ejército había
sufrido graves reveses en Suiza en el verano
de 1799. Magnánimo, el Primer Cónsul
había enviado de regreso a casa a los
6000 prisioneros rusos detenidos en Francia,
con sus armas y con uniformes nuevos. Como
consecuencia de esto, el Zar Pablo I se convirtió
en un ferviente admirador de Bonaparte. Había
tomado la iniciativa de constituir una liga
de países neutros con Suecia, Dinamarca
y Prusia, dañando así el comercio
británico en Alemania y en el Báltico.
Pagó su cambio de actitud con su asesinato,
el 24 de marzo de 1801 en horribles condiciones.
Inglaterra hizo lo necesario, con la complicidad
cuando menos pasiva de su hijo y sucesor Alejandro
I, para hacer abortar una alianza franco-rusa
catastrófica para sus intereses. Para
dejar a ésta posibilidades futuras,
Bonaparte se muestra no obstante generoso:
Francia renuncia a las Islas Jónicas
y, para complacer a Alejandro, trata con contemplaciones
al hostil reino de Nápoles, parte integrante
de la segunda coalición.
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El
Zar Pablo
I de
Rusia (1754-1801)
Duque de Schleswig-Holstein-Gottorp,
Conde de Oldenburg,
Gran Maestre de
los Caballeros Hospitalarios
y Zar de todas las
Rusias. Cuadro de
Stephan Schukin
(1762-1828). |
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Desfile
militar del Zar Pablo
frente al castillo
Mikhailovsky
O palacio de San Miguel,
donde el soberano
fue asesinado.
Ilustración
de Alexandre Benois.
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Pavel
(Pablo) I Petrovich,
hijo y sucesor de Catalina la
grande, era conocido por poseer
un carácter caballeresco,
así como un alma noble
y cristiana. En efecto, soñaba
con constituir la paz en Europa
restableciendo los altares y los
tronos destruidos por la Revolución
francesa. Encantado con la política
de pacificación llevada
a cabo por Napoleón, pronto
iniciaría un acercamiento
y proyectos de colaboración
política con Francia. Además
de la liga de países neutros
fomentada por él, se firmaría
un tratado con el Primer Cónsul
en pos de una marcha hacia la
India, proyectos que hubieran
minado no sólo las miras
británicas de expansión
colonial en Oriente, sino principalmente
la feroz economía
de guerra inglesa, obligando
así a Albión a firmar
una paz que, por la vía
pacífica de la negociación
y la diplomacia, ésta se
negaba a aceptar.
Por desgracia, Inglaterra velaba,
y el Zar estaba rodeado de intrigantes,
espías y traidores, detrás
de los cuales se cernía
la figura del embajador británico
Sir Charles Whitworth.
En cuanto a los corruptos conspiradores
rusos, como los condes Petr Alekseevich
Pahlen, Nikita Petrovich Panin,
y el Almirante Ribas, autores
de la conjuración, declararon
sin ambages que los intereses
de Inglaterra, y por ende los
propios, les eran más caros
que los de Rusia. Así,
con la complicidad del mismísimo
hijo de Pablo, Alejandro
I, el Zar, tras negarse
a firmar por coerción su
abdicación, sería
horriblemente asesinado, golpeado
y estrangulado brutalmente, durante
la noche del 11 al 12 de marzo
de 1801 por un grupo de ex-oficiales
ebrios, dirigidos por el General
Bennigsen. La amante
de Pablo, Anna Lopukhina, testificaría
que los perpetradores de crimen
recibieron dos millones
de libras de oro de manos
de los ingleses.
Napoleón, quien por cierto
redactará un escrito
referente a este crimen, se referiría
a él diciendo que “sin
la muerte del Zar Pablo, Inglaterra
hubiera estado perdida”,
y la paz del continente estaba
garantizada.
Como se haría más
tarde con Napoleón, tras
la muerte de Pablo los ingleses
y sus secuaces rusos harían
circular la peor propaganda del
difunto soberano, logrando, por
repetición metódica,
anclar en el imaginario popular
la imagen de un personaje trastornado,
inestable y pervertido, lo cual
“explicaría”
su liquidación. Esta visión
falsa de la realidad ha sido rebatida
y contrarrestada a partir de la
década de 1970, y la figura
del Zar Pablo se ha ido rehabilitando
progresivamente.
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En la península
Italiana, el tratado Florencia
del 18 de marzo de 1801 pone fin a la guerra
con Nápoles. El Reino de las Dos Sicilias
cierra sus puertos a los ingleses y tolera
la ocupación francesa de Taranto, Otranto
y Brindisi.
En el Mediterráneo,
Francia estaba en guerra con las regencias
de Argel y de Túnez, levantadas contra
ella por Turquía desde la expedición
de Egipto. Las negociaciones con Argel
llevan a un acuerdo el 17 de diciembre
de 1801. La regencia restituye a Francia sus
factorías y concede exenciones de derechos
a la Compañía de África.
No por ello cesarán totalmente los
actos de piratería en las costas de
Provenza, a causa de un sombrío asunto
de pago de abastecimiento de trigo al Directorio.
Con Túnez, la paz
es firmada el 23 de febrero de 1802. Los impuestos
sobre las mercancías son rebajados
a 3%.
La normalización con Argel y Túnez
fue hecha posible por el tratado de
paz con Turquía, concertado
en París el 9 de octubre de 1801 y
concluido el 25 de junio de 1802. Francia
le restituye Egipto, militarmente perdido
desde septiembre, y le reconoce la soberanía
sobre las islas Jónicas. Otro tratado
firmado el 26 de junio de 1802 instaura la
cláusula de la nación más
favorecida y restablece las antiguas capitulaciones,
abriendo el mar Negro al comercio francés.
En
la península ibérica,
la cuestión asume una importancia
muy diferente. La España de los
Borbones constituye una pieza clave
en el tablero diplomático. Su
alianza aporta una ayuda preciosa contra
los ingleses en tres escenarios: el
Mediterráneo, Portugal y las
Américas.
La
consolidación de la amistad franco-española
se inicia con el tratado de Lunéville.
Para complacer al Rey de España
Carlos IV, Bonaparte transforma el Gran
Ducado de Toscana austriaco en Reino
de Etruria y lo otorga al Infante de
Parma, un Borbón yerno de Carlos
IV. Este dadivoso gesto de amistad alienta
a España a firmar el 21 de marzo
de 1801 el tratado de alianza
de Aranjuez. La infanta de
España, esposa del Rey de Etruria,
es proclamada « Reina de Etruria
». España cede Luisiana
a Francia. Confirmando una convención
franco-española del 29 de enero
de 1801, Carlos IV se compromete a hacerle
la guerra a Portugal, fiel aliado de
Inglaterra.
De esto resulta un simulacro de confrontación,
que pasó a la historia bajo el
nombre de « guerra de las
naranjas ». El 16 de abril
de 1801, el general Leclerc penetra
en España a la cabeza de un cuerpo
de ejército. El 19 de mayo, las
tropas españolas cruzan la frontera
portuguesa. El regente de Portugal se
inclina tres días después
siguiendo los consejos mismos de Londres
que en ese momento no puede brindarle
ningún socorro. El tratado
de Badajoz del 6 de junio de
1801, avalado en Madrid el 29 de septiembre,
confiere a Francia un agrandamiento
en Guyana, una indemnidad de 20 millones
y la cláusula de la nación
más favorecida. Hay que subrayar
la moderación de dichas cláusulas.
Bonaparte no buscó en absoluto
hacer la conquista de Portugal, sino
tan sólo cerrar preventivamente
a los ingleses la puerta de entrada
de la península ibérica
para abrir en ella un segundo frente
que tomara a Francia de revés.
Veremos, por desgracia, que esta moderación
no rindió los frutos esperados. |
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Don
Carlos IV de
Borbón (1748-1819)
Rey de España y de
las Indias. |
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En el Atlántico,
Bonaparte lleva conjuntamente dos acciones
pacificadoras: el restablecimiento de la vieja
amistad franco-estadounidense y el arreglo
de la cuestión de Santo Domingo.
La alianza de 1778 que ligaba a Francia con
los jóvenes Estados Unidos de América
sufrió de la rivalidad de ambas marinas,
atizada por Inglaterra.
Bonaparte aprovechó la ocasión
de la muerte de Washington en diciembre de
1799, para entablar un proceso de recalentamiento
de las relaciones entre ambos países.
Decreta un duelo nacional de diez días.
Conmovidos por esta delicada atención,
los Estados Unidos envían una delegación
a París. Las largas negociaciones se
terminan con el tratado de Mortefontaine
del 3 de octubre de 1800 que normaliza las
relaciones entre los dos países y contiene
importantes cláusulas de derecho marítimo
a favor de los neutros al tanto que contrarían
el bloqueo británico.
No se vuelve a encontrar la plena alianza
de 1778, a causa de la Luisiana,
cedida a Francia por España. La privación
de esta provincia estratégica se opone
a la expansión de los Estados Unidos
hacia el oeste. Contiene en cierne un conflicto
mayor del que Francia no podrá permitirse
el lujo. Realista y dedicado de lleno a su
política de apaciguamiento general,
Bonaparte desmonta esta bomba de efecto retardado.
El 30 de abril de 1803, más que venderla,
cede la Luisiana al presidente Jefferson,
poniendo fin al punto litigioso franco-estadounidense.
 |
«
Firma del Tratado
de Mortefontaine,
el 30 de septiembre
de 1800 »
por Víctor-Jean
Adam. |
En abril de 1802, Thomas
Jefferson escribía
a su embajador Livingston:
« La cesión
de la Luisiana por España
a Francia [por medio
de la convención
secreta de San Ildefonso,
del 1º de octubre
de 1800] es un golpe
doloroso para los Estados
Unidos. De todas las naciones
de alguna importancia,
Francia es la única
con la que tengamos los
menos puntos de fricción
y los más puntos
comunes de interés.
Hay en el orbe un solo
lugar cuyo posesor es
nuestro enemigo permanente
y natural, es Nueva Orleáns.
La presencia de Francia
es un desafío hacia
nosotros mientras España
se encontraba ahí
sin ambición alguna.
Es imposible que Francia
y los Estados Unidos continúen
siendo amigos cuando se
encuentran en una posición
tan sensible. Desde el
momento en que Francia
toma posesión de
Nueva Orleans, debemos
unirnos a la flota y a
la nación británicas
».
Los detractores de Napoleón
han reprobado mucho la
cesión de Luisiana
a los Estados Unidos,
pero como vemos, en una
Francia encerrada en sí
misma a falta de una flota
que pudiera oponerse al
cerco naval británico,
las negociaciones con
los Estados Unidos eran
efectivamente una necesidad
imperiosa, que no se concentraría
únicamente en Nueva
Orleáns y el cauce
navegable del río
Mississippi, sino en la
Luisiana toda entera.
En efecto, en caso de
conflicto, sobre todo
en un estado de guerra
permanente con Inglaterra,
la conservación
de la Luisiana hubiese
sido imposible para Francia;
por lo demás, los
Estados Unidos, que no
pensaban en otra cosa
más que en su expansión
hacia el Oeste, se convertían
de facto en beligerantes
potenciales. El Primer
Cónsul se vio entonces,
muy a su pesar, obligado
a sacrificar esa inmensa
propiedad, fuente de gran
riqueza, a la paz y la
tranquilidad de Francia.
El 10 de abril explicaba
su posición a Barbé-Marbois:
« Su conquista
sería fácil
para los ingleses y no
tengo un momento que perder
para ponerla fuera de
su alcance. Renuncio a
ella con un vivo disgusto.
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Volviendo
al Atlántico, queda por resolver, lo
mejor posible para los intereses de Francia,
el difícil problema de Santo Domingo,
« la isla de azúcar
», posesión francesa ávidamente
codiciada por Inglaterra.
La situación de esta colonia ha sido
evocada precedentemente en el capítulo
sobre la esclavitud. Nos habíamos quedado
en la intervención militar de enero
1803. Capitaneado por Leclerc, el cuerpo expedicionario
de 35,000 hombres pone un término a
la dictadura de Toussaint Louverture tras
sangrientos enfrentamientos. Su envío
en cautiverio al fuerte de Joux, donde morirá
en 1803, no basta para detener la sublevación.
La revuelta negra no se apaga, mantenida por
la perspectiva de un restablecimiento de la
esclavitud. Diezmado por las enfermedades
tropicales, el cuerpo expedicionario es incapaz
de hacer frente a la situación. El
mismo Leclerc encuentra la muerte, víctima
de la fiebre amarilla. Su sucesor Rochambeau
no puede cambiar el curso de las cosas. Debe
inclinarse el 19 de noviembre de 1803, poniendo
punto final al periodo francés de Santo
Domingo.
Así,
al cabo de un desencadenamiento de dieciséis
tratados y convenciones concluidos
entre 1800 y 1803, Francia ya no está
en guerra contra nadie, situación
que no conocía desde el 20 de abril
de 1792. Bonaparte, « el soldado que
sabe hacer la guerra pero aun mejor la paz
», según una canción popular,
le aporta a su país el regalo inesperado
e inapreciable de la paz exterior
general. La Nación le profesará
desde entonces un culto que no se desmentirá
más.
Pero la paz
internacional, tan preciosa como ésta
sea, no es suficiente para la felicidad perfecta
de Francia. En efecto, importa igualmente
al Primer Cónsul brindarle la paz
interior entre franceses, trágicamente
divididos por la Revolución.

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