Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.

El Instituto Napoleónico México-Francia orgullosamente presenta:

CRÓNICAS DEL CONSULADO

Segunda Parte

Una mirada a la historia verdadera del Emperador Napoleón I, de su obra y de su legado

LA PRODIGIOSA OBRA DEL CONSULADO
 
El Primer Cónsul coloca la primera piedra de las fachadas de la Plaza Bellecour en Lyon
Dibujo de Charles Monnet en su colección « 69 dibujos para la ilustración de la Historia de Francia durante el Imperio de Napoleón el Grande ».
 
« Quiero arrojar sobre el suelo de Francia algunas masas de granito »
Napoleón Primer Cónsul.

El extraordinario balance del Consulado merece su lugar aquí porque ilustra elocuentemente las altas preocupaciones pacificadoras del Primer Cónsul.

EXTINCIÓN DE TODOS LOS FOCOS DE GUERRA

Frutos forzados de la primera guerra impuesta a Bonaparte, los decepcionantes tratados ya evocados de Lunéville y de Amiens constituyen la más espectacular conquista de paz del Consulado. Pero no permiten alcanzar la paz general a la cual Francia entera aspira tras nueve años de conflictos incesantes. Otros focos de guerra persisten en Europa continental, en el Mediterráneo, en la península ibérica y en el Atlántico.

En Europa continental, un primer tratado de amistad entre Francia y Baviera, firmado el 14 de agosto de 1801, abre la era de la influencia francesa en Alemania.
El 8 de octubre del mismo año, se concluye el tratado de París, que pone fin al estado de guerra con Rusia. Partícipe descarriada de la segunda coalición, su ejército había sufrido graves reveses en Suiza en el verano de 1799. Magnánimo, el Primer Cónsul había enviado de regreso a casa a los 6000 prisioneros rusos detenidos en Francia, con sus armas y con uniformes nuevos. Como consecuencia de esto, el zar Pablo I se convirtió en un ferviente admirador de Bonaparte. Había tomado la iniciativa de constituir una liga de países neutros con Suecia, Dinamarca y Prusia, dañando así el comercio británico en Alemania y en el Báltico. Pagó su cambio de actitud con su asesinato, el 24 de marzo de 1801 en horribles condiciones. Inglaterra hizo lo necesario, con la complicidad cuando menos pasiva de su hijo y sucesor Alejandro I, para hacer abortar una alianza franco-rusa catastrófica para sus intereses. Para dejar a ésta posibilidades futuras, Bonaparte se muestra no obstante generoso: Francia renuncia a las Islas Jónicas y, para complacer a Alejandro, trata con contemplaciones al hostil reino de Nápoles, parte integrante de la segunda coalición.

El zar Pablo I de Rusia (1754-1801)
Duque de Schleswig-Holstein-Gottorp, Conde de Oldenburg, Gran Maestre de los Caballeros Hospitalarios y zar de todas las Rusias.
Retato al óleo por Stephan Schukin (1762-1828).
 
Desfile militar del zar Pablo frente al castillo Mikhailovsky
O palacio de San Miguel, donde el soberano fue asesinado.
Ilustración de Aleksandr Nikoláyevich Benois (1870-1860).
Pavel (Pablo) I Petrovich, hijo y sucesor de Catalina la grande, era conocido por poseer un carácter caballeresco, así como un alma noble y cristiana. En efecto, soñaba con constituir la paz en Europa restableciendo los altares y los tronos destruidos por la Revolución francesa. Encantado con la política de pacificación llevada a cabo por Napoleón, pronto iniciaría un acercamiento y proyectos de colaboración política con Francia. Además de la liga de países neutros por él fomentada, se firmaría un tratado con el Primer Cónsul en pos de una marcha expedicionaria hacia la India, proyectos de gran envergadura geoestratégica que hubieran minado no sólo las miras británicas de expansión colonial en Oriente, sino principalmente a la feroz economía de guerra inglesa, obligando así a Albión a firmar una paz que, por la vía pacífica de la negociación y de la diplomacia, ésta se negaba rotundamente a aceptar.
Por desgracia, Inglaterra velaba, y el zar estaba rodeado de intrigantes, espías y traidores, detrás de los cuales se cernía la figura del embajador británico Sir Charles Whitworth. En cuanto a los corruptos conspiradores rusos, como los condes Petr Alekseevich Pahlen, Nikita Petrovich Panin, y el Almirante Ribas, autores de la conjuración, declararon sin ambages que los intereses de Inglaterra, y por ende los propios, les eran más caros que los de la Rusia misma. Así pues, con la complicidad del mismísimo hijo de Pablo, Alejandro I, el zar, tras negarse a firmar por coerción su abdicación, sería horriblemente asesinado, golpeado y estrangulado brutalmente, durante la noche del 11 al 12 de marzo de 1801 por un grupo de ex-oficiales ebrios, dirigidos por el General Bennigsen. La amante de Pablo, Anna Lopukhina, testificaría que los perpetradores del homicidio percibieron dos millones de libras de oro de manos de los ingleses. Napoleón, quien por cierto redactará un escrito referente a este abyecto crímen, se referiría a él diciendo que « sin la muerte del zar Pablo, Inglaterra hubiera estado perdida », y la paz del continente estaba garantizada.
Como se haría más tarde con Napoleón, tras la muerte de Pablo los ingleses y sus secuaces rusos y demás coaligados harían circular la más ruin y difamatoria propaganda contra el difunto soberano, logrando, por repetición metódica, anclar en el imaginario popular la imagen de un personaje trastornado, inestable y pervertido, lo cual supuestamente « explicaría » su liquidación. Esta visión falsa de la realidad ha sido rebatida y contrarrestada a partir de la década de 1970, y la figura del zar Pablo se ha ido rehabilitando progresivamente.

En la península Italiana, el tratado Florencia del 18 de marzo de 1801 pone fin a la guerra con Nápoles. El Reino de las Dos Sicilias cierra sus puertos a los ingleses y tolera la ocupación francesa de Taranto, Otranto y Brindisi.

En el Mediterráneo, Francia estaba en guerra con las regencias de Argel y de Túnez, levantadas contra ella por Turquía desde la expedición de Egipto. Las negociaciones con Argel llevan a un acuerdo el 17 de diciembre de 1801. La regencia restituye a Francia sus factorías y concede exenciones de derechos a la Compañía de África. No por ello cesarán totalmente los actos de piratería en las costas de Provenza, a causa de un sombrío asunto de pago de abastecimiento de trigo al Directorio.
Con Túnez, la paz es firmada el 23 de febrero de 1802. Los impuestos sobre las mercancías son rebajados a 3%.
La normalización con Argel y Túnez fue hecha posible por el tratado de paz con Turquía, concertado en París el 9 de octubre de 1801 y concluido el 25 de junio de 1802. Francia le restituye Egipto, militarmente perdido desde septiembre, y le reconoce la soberanía sobre las islas Jónicas. Otro tratado firmado el 26 de junio de 1802 instaura la cláusula de la nación más favorecida y restablece las antiguas capitulaciones, abriendo el mar Negro al comercio francés.

En la península ibérica, la cuestión asume una importancia muy diferente. La España de los Borbones constituye una pieza clave en el tablero diplomático. Su alianza aporta una ayuda preciosa contra los ingleses en tres escenarios: el Mediterráneo, Portugal y las Américas.

La consolidación de la amistad franco-española se inicia con el tratado de Lunéville. Para complacer al Rey de España Carlos IV, Bonaparte transforma el Gran Ducado de Toscana austriaco en Reino de Etruria y lo otorga al Infante de Parma, un Borbón yerno de Carlos IV. Este dadivoso gesto de amistad alienta a España a firmar el 21 de marzo de 1801 el tratado de alianza de Aranjuez. La infanta de España, esposa del Rey de Etruria, es proclamada « Reina de Etruria ». España cede Luisiana a Francia. Confirmando una convención franco-española del 29 de enero de 1801, Carlos IV se compromete a hacerle la guerra a Portugal, fiel aliado de Inglaterra.
De esto resulta un simulacro de confrontación, que pasó a la historia bajo el nombre de « guerra de las naranjas ». El 16 de abril de 1801, el general Leclerc penetra en España a la cabeza de un cuerpo de ejército. El 19 de mayo, las tropas españolas cruzan la frontera portuguesa. El regente de Portugal se inclina tres días después siguiendo los consejos mismos de Londres que en ese momento no puede brindarle ningún socorro. El tratado de Badajoz del 6 de junio de 1801, avalado en Madrid el 29 de septiembre, confiere a Francia un agrandamiento en Guyana, una indemnidad de 20 millones y la cláusula de la nación más favorecida. Hay que subrayar la moderación de dichas cláusulas. Bonaparte no buscó en absoluto hacer la conquista de Portugal, sino tan sólo cerrar preventivamente a los ingleses la puerta de entrada de la península ibérica para abrir en ella un segundo frente que tomara a Francia de revés. Veremos, por desgracia, que esta moderación no rindió los frutos esperados.

Don Carlos IV de Borbón (1748-1819)
Rey de España y de las Indias.

En el Atlántico, Bonaparte lleva conjuntamente dos acciones pacificadoras: el restablecimiento de la vieja amistad franco-estadounidense y el arreglo de la cuestión de Santo Domingo.
La alianza de 1778 que ligaba a Francia con los jóvenes Estados Unidos de América sufrió de la rivalidad de ambas marinas, atizada por Inglaterra.
Bonaparte aprovechó la ocasión de la muerte de Washington en diciembre de 1799, para entablar un proceso de recalentamiento de las relaciones entre ambos países. Decreta un duelo nacional de diez días. Conmovidos por esta delicada atención, los Estados Unidos envían una delegación a París. Las largas negociaciones se terminan con el tratado de Mortefontaine del 3 de octubre de 1800 que normaliza las relaciones entre los dos países y contiene importantes cláusulas de derecho marítimo a favor de los neutros al tanto que contrarían el bloqueo británico.
No se vuelve a encontrar la plena alianza de 1778, a causa de la Luisiana, cedida a Francia por España. La privación de esta provincia estratégica se opone a la expansión de los Estados Unidos hacia el oeste. Contiene en cierne un conflicto mayor del que Francia no podrá permitirse el lujo. Realista y dedicado de lleno a su política de apaciguamiento general, Bonaparte desmonta esta bomba de efecto retardado. El 30 de abril de 1803, más que venderla, cede la Luisiana al presidente Jefferson, poniendo fin al punto litigioso franco-estadounidense.

Firma del Tratado de Mortefontaine, el 30 de septiembre de 1800
Acuarela de Víctor-Jean Adam (1801-1866).
En abril de 1802, el presidente estadounidense Thomas Jefferson le escribía a su embajador Livingston: « La cesión de la Luisiana por España a Francia [por medio de la convención secreta de San Ildefonso, del 1º de octubre de 1800] es un golpe doloroso para los Estados Unidos. De todas las naciones de alguna importancia, Francia es la única con la que tengamos los menos puntos de fricción y los más puntos comunes de interés. Hay en el orbe un sólo lugar cuyo poseedor es nuestro enemigo permanente y natural, es Nueva Orleáns. La presencia de Francia es un desafío hacia nosotros mientras España se encontraba allí sin ambición alguna. Es imposible que Francia y los Estados Unidos continúen siendo amigos cuando se encuentran en una posición tan sensible. Desde el momento en que Francia toma posesión de Nueva Orleáns, debemos unirnos a la flota y a la nación británicas ».
Los detractores de Napoleón han reprobado mucho la cesión de Luisiana a los Estados Unidos, pero como vemos, en una Francia carente de suficientes tropas en ultramar y encerrada en sí misma a falta de una flota que pudiera oponerse al cerco naval británico, las negociaciones con los Estados Unidos eran efectivamente una necesidad imperiosa, que no se concentraría únicamente en Nueva Orleáns y en el cauce navegable del río Mississippi, sino en la Luisiana toda entera, propiamente una bomba de tiempo. En efecto, en caso de conflicto, sobre todo en un estado de guerra permanente con Inglaterra, la conservación de la Luisiana hubiese sido imposible para Francia; por lo demás, los Estados Unidos, que no pensaban en otra cosa más que en su expansión hacia el Oeste, se convertían de facto en beligerantes potenciales. El Primer Cónsul se vio entonces, muy a su pesar, obligado a sacrificar esa inmensa propiedad, fuente de gran riqueza, a la paz y la tranquilidad de Francia. El 10 de abril le explicaba su posición a Barbé-Marbois: « Su conquista sería fácil para los ingleses y no tengo un momento que perder para ponerla fuera de su alcance. Renuncio a ella con un vivo disgusto ».

Volviendo al Atlántico, queda por resolver, lo mejor posible para los intereses de Francia, el difícil problema de Santo Domingo, « la isla de azúcar », posesión francesa ávidamente codiciada por Inglaterra.
La situación de esta colonia ha sido evocada precedentemente en el capítulo sobre la esclavitud. Nos habíamos quedado en la intervención militar de enero 1803. Capitaneado por Leclerc, el cuerpo expedicionario de 35,000 hombres pone un término a la dictadura de Toussaint Louverture tras sangrientos enfrentamientos. Su envío en cautiverio al fuerte de Joux, donde morirá en 1803, no basta para detener la sublevación. La revuelta negra no se apaga, mantenida por la perspectiva de un restablecimiento de la esclavitud. Diezmado por las enfermedades tropicales, el cuerpo expedicionario es incapaz de hacer frente a la situación. El mismo Leclerc encuentra la muerte, víctima de la fiebre amarilla. Su sucesor Rochambeau no puede cambiar el curso de las cosas. Debe inclinarse el 19 de noviembre de 1803, poniendo punto final al periodo francés de Santo Domingo.

Así, al cabo de un desencadenamiento de dieciséis tratados y convenciones concluidos entre 1800 y 1803, Francia ya no está en guerra contra nadie, situación que no conocía desde el 20 de abril de 1792. Bonaparte, « el soldado que sabe hacer la guerra pero aun mejor la paz », según una canción popular, le aporta a su país el regalo inesperado e inapreciable de la paz exterior general. La Nación le profesará desde entonces un culto que no se desmentirá más.

Pero la paz internacional, tan preciosa como ésta sea, no es suficiente para la felicidad perfecta de Francia. En efecto, importa igualmente al Primer Cónsul brindarle la paz interior entre franceses, trágicamente divididos por la Revolución.

Instituto Napoleónico México-Francia, INMF.