
El Instituto Napoleónico
México-Francia orgullosamante presenta:
CRÓNICAS
DEL CONSULADO
Primera
Parte |
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Una mirada a la
historia verdadera del Emperador Napoleón
I, de su obra y de su legado
 |
«A
Bonaparte, Pacificador
»
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Alegoría
de la estancia de
Napoleón en
Lyon, del 11 al 27
de enero de 1802,
ciudad donde se reunió
la Consulta de la
república cisalpina
que le eligió
presidente de dicho
país, el 25
de enero. En una leyenda
que acompaña
a este grabado, obra
de C. E. Gaucher,
podemos leer: «
El Primer Cónsul
rechaza nuevas palmas
que le son ofrecidas
por la Victoria, y
recibe una rama de
olivo que le presenta
la Paz (...)
». |
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| LA
APUESTA DEL APACIGUAMIENTO INTERIOR |
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«
Gobernar por medio de
un partido, es ponerse
tarde o temprano bajo
su dependencia; ¡No
me atraparán en
ello! Yo soy Nacional.
». |
Napoleón, 1799. |
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La
Francia que el Directorio deja a Bonaparte
no está únicamente herida por
la guerra fuera de sus fronteras. Sufre igualmente
de profundas llagas internas, herencia del
violento sismo sociológico de 1789.
Desgarrada en facciones y partidos antagonistas,
un gran número de sus hijos ha emigrado
y algunos de ellos han ido hasta cometer el
crimen de tomar las armas contra su país
en las filas de los ejércitos enemigos.
En el oeste, el levantamiento «chuán»
se eterniza, poniendo en peligro la unidad
de Francia. En el ámbito religioso,
la amarga querella de la Constitución
Civil del Clero sigue manteniendo un clima
de odio entre franceses. El primer deber de
Bonaparte Primer Cónsul consiste pues
en lograr la hazaña de la congregación
del país.
¿Pero
sobre qué base institucional realizarla?
Es sobre los valores de la república
una e indivisible que decide edificar la Francia
nueva.
LA
REPÚBLICA ANTE LA PRUEBA SANGRIENTA
DE LA REACCIÓN
Retoño
enclenque del Directorio, el Consulado es
políticamente frágil a su nacimiento.
Surgido del tumultuoso 18 de Brumario, que
muchos se esfuerzan en hacer pasar por un
vulgar golpe de Estado, el nuevo régimen
es muy contestado por el microcosmos político,
a pesar de un amplio apoyo popular. Muchos
observadores no le dan más de un año
de vida…
El primer
cuidado de Bonaparte consiste pues en clamar
alto y fuerte la elección de la república
como el régimen político que
deberá desde ahora regir al país.
Es entorno a ella, y sólo de ella,
que deben reconciliarse los franceses. El
único soberano que se reconocerá
desde ahora en Francia es el pueblo francés.
Bonaparte toma desde entonces la costumbre
de terminar sus brindis por: « ¡Al
pueblo francés, el soberano de todos
nosotros! ». Pero son muchos
los que no entienden las cosas de la misma
manera.
Los
oponentes más feroces se sitúan
como siempre en las dos extremidades
del abanico político.
A la
izquierda, los violentos Jacobinos,
nostálgicos de la Revolución,
sospechan que Bonaparte caiga en el
despotismo o, del lado opuesto, en la
tibieza democrática. Los más
enrabiados son llamados « Exclusivos
». Cuando el Primer Cónsul
anuncia oficialmente que «La
Revolución está fijada
en los principios que la han iniciado.
Se ha acabado», los
jacobinos extremistas adoptan una actitud
hostil, en nada convencidos de la moderación
manifestada por Bonaparte.
Muy
afortunadamente aislados, van a complotar
sin éxito, pero no sin violencia,
para derrocar al gobierno. En septiembre
de 1800, la policía se entera
de la preparación de un atentado
terrorista dirigido contra la persona
del Primer Cónsul. Descubre un
barril de pólvora atiborrado
de grandes clavos, con la mecha de ignición
ya bien colocada. Una decena de «
exclusivos » son puestos fuera
de estado de perjudicar a nadie.
En ese mismo momento, uno de sus cómplices
denuncia otro proyecto de asesinato
de Bonaparte proyectado para el 10 de
octubre, durante una representación
en el teatro de la República,
calle de la Loi. Bien informados
acerca del programa del Primer Cónsul,
los conspiradores deben apuñalarle
en esa ocasión, lo que origina
la apelación de «conspiración
de los puñales
». Son detenidos en el corredor
del teatro, en posesión efectivamente
de tales armas. Serán condenados
a muerte y enseguida guillotinados el
31 de enero de 1801. Poco tiempo después,
la eficaz policía de Fouché
hace malograr otro atentado con una
bomba infernal a instigación
de un cierto Chevalier. |
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«
El amigo
de la humanidad y el
afilador de cuchillos
»
Caricatura de la época
mostrando a un caballero
confrontado a un jacobino.
Violentos enemigos personales
de Napoleón a
partir del Consulado,
no cejan en sus esfuerzos
por eliminar al Primer
Cónsul. |
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Durante la
primavera de 1802, la policía descubre
un deleznable putsch militar.
Opuestos al Concordato y a las medidas de
perdón a favor de los emigrados, unos
generales jacobinos de prácticas expeditivas
preparan la marcha sobre París del
ejército del oeste, comandado por Bernadotte,
en sincronía con el asesinato del Primer
Cónsul en la catedral de Nuestra Señora
de París, en ocasión del Te
Deum del Concordato el 18 de abril. Los ejecutantes
son rápidamente sacados de la jugada.
El alma del complot es sin duda Bernadotte,
pero niega terminantemente las acusaciones
de sus subordinados arrestados. A falta de
pruebas no puede ser inculpado, como tampoco
lo serán sus cómplices probables,
los generales Augereau, Moreau, Masséna
y Macdonald.
Por ahora, los jacobinos radicales son neutralizados.
Pero sus jerarcas incorporados al régimen
van a temer un giro monárquico de Bonaparte
hasta el triste caso del duque de Enghien,
verdadera « maquinación »
que lo escinde definitivamente de los Borbones.
A la derecha,
los inconsolables del Antiguo Régimen
van a mostrarse más feroces aún
que los « exclusivos », tras la
negativa de Bonaparte de prestarse al juego
de una restauración.
Desde la instauración del Consulado,
el conde de Provenza, hermano del difunto
Luis XVI y futuro Luis XVIII,
hace sondear al Primer Cónsul por Hyde
de Neuville, el joven jefe de la agencia realista
de Paris. A cambio de la restauración
de la realeza, le quieren seducir con la promesa
de la espada de condestable, acompañada
por grandes poderes e inmensos honores, incluida
una estatua ecuestre sobre el arco de triunfo
del Carrusel. Evidentemente, la empresa no
recibe ninguna respuesta.
Desde su exilio de Mitau en Courlande, el
conde de Provenza se declara entonces en una
carta en la cual la inocencia rivaliza con
el servilismo. He aquí un extracto
edificante:
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El
rey Luis XVIII
Retrato por Marie-Victoire
Jaquotot (1816) |
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«
Desde hace largo tiempo, mi mirada
está fija en vos. Desde hace
largo tiempo, me he dicho que el vencedor
de Lodi, de Castiglione, de Árcole,
el conquistador de Italia, de Egipto,
será el salvador de Francia.
Amante apasionado de la gloria, la
querrá pura. Querrá
que nuestros últimos sobrinos
bendigan sus triunfos. Pero, mientras
os he visto no ser más que
el más grande de los generales,
mientras la fantasía de un
abogado ha bastado para cambiar vuestros
laureles por cipreses, he debido encerrar
mis sentimientos en mí mismo.
Hoy que reunís el poder a los
talentos, es tiempo de que me explique,
es tiempo de que os muestre las esperanzas
que he fundado en vos. Si me dirigiese
a cualquier otro que a Bonaparte,
ofrecería, especificaría
recompensas. Un gran hombre debe fijar
él mismo su suerte, la de sus
amigos. Decid lo que deseáis
para vos, para ellos, y el instante
de mi restauración será
aquel en el que nuestros deseos serán
cumplidos ».
En
esta propuesta mercantil, este pretendiente
al reino halaga como un servil cortesano.
Tiene también la duplicidad
de éste. En una carta a Cadoudal,
al mismo tiempo, trata a Bonaparte
de « tirano ».
El
silencio despreciativo del Primer
Cónsul no desalienta al conde
heredero de recidivar en el mismo
tono en una carta entregada por el
abate de Montesquiou, su agente secreto
en París. La respuesta de Bonaparte
no sufre entonces ninguna ambigüedad:
«He
recibido las cartas de Vuestra Alteza
Real. Siempre he sentido un vivo interés
en sus desgracias y en las de su familia.
No debe pensar en presentarse en Francia.
No lo lograría más que
sobre cien mil cadáveres. Por
lo demás, siempre me esforzaré
en hacer todo cuanto pudiese suavizar
sus destinos y hacerle olvidar sus
desgracias».
|
Después
de este rechazo irrevocable, el partido realista
entra en una oposición que irá
hasta el terrorismo. Una campaña llena
de odio, incluyendo inclusive el delito de
« facies », se desarrolla
en las calles de París contra el «
corso usurpador », llevada
a cabo por los que se designa bajo el término
de «muscadins» – petimetres
– que llevan peluca rubia y cuellos
negros.
Pero los realistas ultras no se contentan
con una oposición verbal. Estipendiados
por el gabinete británico con el concurso
del conde de Artois, futuro Carlos X exiliado
en Londres, van a multiplicar las tentativas
de asesinato del Primer Cónsul, siendo
las más estrepitosas el atentado de
la calle Saint-Nicaise y
la conjura Cadoudal-Pichegru-Moreau.
El atentado
bárbaro de la calle Saint-Nicaise se
produjo el 24 de diciembre en la noche, en
el trayecto que conducía al Primer
Cónsul y su séquito de las Tullerías
a la Ópera, en donde se interpreta
un oratorio de Haydn. En la calle Saint-Nicaise,
el cortejo rebasa a una carreta estacionada,
atada a una mula cuya rienda es sujetada por
una niñita. Una enorme detonación
retumba algunos segundos más tarde.
La carreta rebasada vuela en pedazos bajo
el efecto de la explosión de una gran
bomba infernal, cuya mecha no funcionó
en el instante preciso del paso de Bonaparte.
¡Tan solo se deploran algunas víctimas
en el cortejo, pero alrededor es una masacre!
Se levanta a veintidós muertos y cincuenta
heridos. Se hallan los restos esparcidos de
la inocente niñita, a quien se le había
pagado con un bocado de pan para detener la
carreta. Los daños materiales son considerables
y decenas de casas están destruidas.
La monstruosidad de este acto terrorista ciego
sobrepasa en horror todo lo que puede imaginarse.
La vida del Primer Cónsul pendió
de un hilo.
Por su modo
de acción, Bonaparte piensa de inmediato
en un acto de los « exclusivos ».
Fouché se inclina por atentado realista.
En espera de los resultados de la investigación
y como precaución, ciento treinta jacobinos
ultras son arrestados y deportados a las Seychelles.
La pesquisa da razón a Fouché.
Actuando a instigación de Cadoudal,
los autores principales son tres realistas:
el caballero de Limoëlan, Saint-Régent
y Carbon. Limoëlan logra huir a los Estados
Unidos. Allá se hará ordenar
cura para expiar su crimen abominable. Carbon
y Saint-Régent serán condenados
a muerte. Éste último suplicará
al tribunal enviarle al cadalso lo antes posible.
La ejecución tendrá lugar el
20 de abril ante los aplausos de la multitud.
La
conjura Cadoudal-Moreau-Pichegru es
de una envergadura totalmente diferente.
Su fracaso tendrá una consecuencia
política considerable: del advenimiento
del Imperio.
La matanza
muy impopular de la calle Saint-Nicaise
no aparta a los asesinos realistas de
su designio criminal hacia la persona
de Bonaparte. Sacando las lecciones
del fracaso, simplemente van a modificar
el método. Al atentado terrorista
ciego, van a substituir un espectacular
golpe de mano militar hacia la persona
del Primer Cónsul en el trayecto
Tullerías – La Malmaison
– Saint-Cloud, que frecuenta habitualmente.
Pero la neutralización de la
numerosa y temible escolta del Primer
Cónsul constituye un obstáculo
muy grande que superar, y exige una
preparación minuciosa y medios
considerables. ¡Mientras sólo
sea eso! La Inglaterra de Pitt abre
generosamente sus cofres para el reclutamiento
de esbirros y la organización
de una imponente filial logística
que se extiende de la barranca de Biville
a París. Para Gran Bretaña,
vale la pena el intento. A partir de
ahora tiembla por su supervivencia.
El terrible « Boney », (huesudo)
apodo burlón de Bonaparte, prepara
activamente la invasión del país
y el bribón es bien capaz de
tener éxito.
La ecuación es simple: no más
Bonaparte, no más invasión.
|
 |
| «
Atentado de la
calle Saint-Nicaise en París
contra el Primer Cónsul,
el 3 de nivoso en el 9 (24
de diciembre de 1800) »
Litografía anónima. |
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|
Para el conde
de Artois y su entorno, lo que está
en juego no es menos claro: no más
Bonaparte y la puerta de la restauración
de la realeza se abre. Es pues cogidos de
la mano como Pitt y Artois urden su complot
criminal.
El ejecutante de las bajas obras no tiene
ni que buscarse. Se trata una vez más
del fanático Cadoudal,
quien goza del beneficio de la participación
por precisar del general Pichegru, quien se
ha pasado del lado del enemigo, y del dudoso
general Moreau en París. Puede asimismo
contar con la complicidad activa del círculo
de los realistas clandestinos de París.
Pero la eficaz
policía de Fouché está
siempre alerta, en especial la rama política
de Desmarets, que descubre el gato encerrado
desde el verano de 1802 y no lo pierde de
vista. Las cosas se precisan a fines de 1803.
Dos hombres de Cadoudal son detenidos en París,
los llamados Querelle y Sol de Grisolle. Creyendo
salvarse de la pena capital, el primero no
se hace de rogar para confesarlo todo. Indica
la presencia en París de Cadoudal y
de Pichegru, el primero desde el mes de agosto
de 1803. Se han puesto en relación
con Moreau.
El peligro se hace apremiante para la seguridad
del Primer Cónsul. A partir de ahora
es importante privar lo antes posible a Cadoudal,
Pichegru y sus acólitos, de toda posibilidad
de causar cualquier daño. Una suerte
de estado de sitio es decretada en París.
El consejero de Estado, Real, se encarga de
todo el caso bajo la dirección judicial
del gran juez Régnier. Murat, gobernador
militar de París, y Savary, comandante
de la gendarmería de élite,
deben aportarle toda su asistencia.
Real obtiene muy pronto resultados decisivos.
Echa mano de un doméstico de Cadoudal,
Picot, y sobre todo de su brazo derecho, Bouvet
de Lozier, antiguo ayudante general del ejército
de los Príncipes.
Aterrorizado por lo que le espera y decepcionado
de sus comanditarios, Lozier devela lo esencial
del complot. Confirma las revelaciones de
Querelle. Da precisiones sobre las relaciones
Cadoudal-Pichegru-Moreau. Están en
desacuerdo, muy afortunadamente para la vida
de Bonaparte. El ambicioso Moreau efectivamente
quería consentir en derrocar al Primer
Cónsul, pero para su provecho propio,
y no en beneficio de un Borbón. Tomándolo
muy mal, Cadoudal le respondió que
« mejor prefería a Bonaparte
que a Moreau », lo que dice mucho
sobre la estima que le tenía al personaje…
El arresto de Moreau, quien vivía con
toda quietud en su propiedad de Grosbois,
es decidido en Consejo reducido el 13 de febrero
de 1804, para su comparecencia ante un tribunal
civil.
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«
Georges Cadoudale
(Cadoudal) »
Grabado de Dumontier. |
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 |
«
Arresto
de Georges Cadoudal
»
Estampa popular de
la época. |
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La noche del
26 al 27 de febrero de 1804, la policía
logró una gran redada. Procede al arresto
estrepitoso de Pichegru, del marqués
de Ribière y de Armando y Julio de
Polignac, así como de algunos comparsas.
Sus confesiones confirman los elementos obtenidos
previamente, pero aportan una nueva información
capital: un « príncipe »,
desconocido por ellos, forma parte de la conjura.
Debe encargarse de unir al país tras
el asesinato de Bonaparte.
El guión del asunto se conoce ahora:
Cadoudal elimina al Primer Cónsul,
Pichegru y Moreau juntan al ejército,
y el misterioso príncipe surge para
restablecer la realeza con colaboración
de los precedentes y la bendición de
Inglaterra.
El
feroz Cadoudal es capturado el 9 de
marzo, no sin violencia. Durante su
arresto, mata a un inspector de policía
y hiere a otro. Sin abandonar nunca
su arrogancia natural, confiesa con
un provocante júbilo su proyecto
de asesinar a Bonaparte. Por su parte,
confirma también la participación
de un «príncipe»
en el complot, pero no llega hasta denunciarle.
Con
Cadoudal fuera de la jugada, la conjura
es aniquilada. Pichegru se suicida en
su prisión el 6 de abril de 1804,
escapando a la vergüenza de una
condena a muerte por traición.
Ante una corte de justicia, Cadoudal
reconoce y hasta reivindica su papel
de ejecutante principal, en todo el
sentido del término. Moreau confiesa
haber tenido conocimiento de la conjura,
pero niega toda participación.
Cadoudal, Armando de Polignac y unos
veinte secuaces son condenados a muerte
el 10 de junio. Julio de Polignac, Léridant
y Moreau no se llevan más que
una pena de dos años de prisión,
cuando merecían la muerte por
complicidad reconocida de atentado a
la vida del jefe del Estado
Por
petición suya, Bonaparte concede
su indulto a Armando de Polignac, al
marqués de Ribière y a
Bouvet de Lozier.
No sin brío, Cadoudal se rehúsa
a solicitar su perdón, al no
querer deberle la vida a Bonaparte.
Es ejecutado con sus demás cómplices
el 26 de junio de 1804. Al subir al
cadalso, exclama con un humor no exento
de grandeza: « ¡Veníamos
a darle un Rey a París, le damos
un Emperador! ». Desde el
18 de mayo, en efecto, Bonaparte se
ha convertido en el Emperador Napoleón.
¡Pero qué extraordinaria
chispa de lucidez histórica en
el instante de la muerte!
El célebre
caso
del duque de Enghien, evocado anteriormente,
se incorporó a la conjura Cadoudal,
poco antes de su ejecución.
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El general Jean-Victor
Moreau (1763-1813) |
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