Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.

El Instituto Napoleónico México-Francia orgullosamente presenta:

CRÓNICAS DEL CONSULADO

Segunda Parte

Una mirada a la historia verdadera del Emperador Napoleón I, de su obra y de su legado

A Bonaparte, Pacificador
Alegoría de la estancia de Napoleón en Lyon, del 11 al 27 de enero de 1802, ciudad donde se reunió la Consulta de la república cisalpina que le eligió presidente de dicho país, el 25 de enero. En una leyenda que acompaña a este grabado, obra de C. E. Gaucher, podemos leer: « El Primer Cónsul rechaza nuevas palmas que le son ofrecidas por la Victoria, y recibe una rama de olivo que le presenta la Paz (...) ».
 
LA APUESTA DEL APACIGUAMIENTO INTERIOR
 
« Gobernar por medio de un partido, es ponerse tarde o temprano bajo su dependencia; ¡No me atraparán en ello! Yo soy Nacional. ».
Napoleón, 1799.

La Francia que el Directorio deja a Bonaparte no está únicamente herida por la guerra fuera de sus fronteras. Sufre igualmente de profundas llagas internas, herencia del violento sismo sociológico de 1789. Desgarrada en facciones y partidos antagonistas, un gran número de sus hijos ha emigrado y algunos de ellos han ido hasta cometer el crimen de tomar las armas contra su país en las filas de los ejércitos enemigos. En el oeste, el levantamiento «chuán» se eterniza, poniendo en peligro la unidad de Francia. En el ámbito religioso, la amarga querella de la Constitución Civil del Clero sigue manteniendo un clima de odio entre franceses. El primer deber de Bonaparte Primer Cónsul consiste pues en lograr la hazaña de la congregación del país.

¿Pero sobre qué base institucional realizarla? Es sobre los valores de la república una e indivisible que decide edificar la Francia nueva.

LA REPÚBLICA ANTE LA PRUEBA SANGRIENTA DE LA REACCIÓN

Retoño enclenque del Directorio, el Consulado es políticamente frágil a su nacimiento. Surgido del tumultuoso 18 de Brumario, que muchos se esfuerzan en hacer pasar por un vulgar golpe de Estado, el nuevo régimen es muy contestado por el microcosmos político, a pesar de un amplio apoyo popular. Muchos observadores no le dan más de un año de vida…

El primer cuidado de Bonaparte consiste pues en clamar alto y fuerte la elección de la república como el régimen político que deberá desde ahora regir al país. Es entorno a ella, y sólo de ella, que deben reconciliarse los franceses. El único soberano que se reconocerá desde ahora en Francia es el pueblo francés. Bonaparte toma desde entonces la costumbre de terminar sus brindis por: « ¡Al pueblo francés, el soberano de todos nosotros! ». Pero son muchos los que no entienden las cosas de la misma manera.

Los oponentes más feroces se sitúan como siempre en las dos extremidades del abanico político.

A la izquierda, los violentos Jacobinos, nostálgicos de la Revolución, sospechan que Bonaparte caiga en el despotismo o, del lado opuesto, en la tibieza democrática. Los más enrabiados son llamados « Exclusivos ». Cuando el Primer Cónsul anuncia oficialmente que «La Revolución está fijada en los principios que la han iniciado. Se ha acabado», los jacobinos extremistas adoptan una actitud hostil, en nada convencidos de la moderación manifestada por Bonaparte.

Muy afortunadamente aislados, van a complotar sin éxito, pero no sin violencia, para derrocar al gobierno. En septiembre de 1800, la policía se entera de la preparación de un atentado terrorista dirigido contra la persona del Primer Cónsul. Descubre un barril de pólvora atiborrado de grandes clavos, con la mecha de ignición ya bien colocada. Una decena de « exclusivos » son puestos fuera de estado de perjudicar a nadie.
En ese mismo momento, uno de sus cómplices denuncia otro proyecto de asesinato de Bonaparte proyectado para el 10 de octubre, durante una representación en el teatro de la República, calle de la Loi. Bien informados acerca del programa del Primer Cónsul, los conspiradores deben apuñalarle en esa ocasión, lo que origina la apelación de «conspiración de los puñales ». Son detenidos en el corredor del teatro, en posesión efectivamente de tales armas. Serán condenados a muerte y enseguida guillotinados el 31 de enero de 1801. Poco tiempo después, la eficaz policía de Fouché hace malograr otro atentado con una bomba infernal a instigación de un cierto Chevalier.

El amigo de la humanidad y el afilador de cuchillos
Un caballero confrontado a un jacobino. Violentos enemigos personales de Napoleón a partir del Consulado, no cejan en sus esfuerzos por eliminar al Primer Cónsul. Caricatura de la época.

Durante la primavera de 1802, la policía descubre un deleznable putsch militar. Opuestos al Concordato y a las medidas de perdón a favor de los emigrados, unos generales jacobinos de prácticas expeditivas preparan la marcha sobre París del ejército del oeste, comandado por Bernadotte, en sincronía con el asesinato del Primer Cónsul en la catedral de Nuestra Señora de París, en ocasión del Te Deum del Concordato el 18 de abril. Los ejecutantes son rápidamente sacados de la jugada. El alma del complot es sin duda Bernadotte, pero niega terminantemente las acusaciones de sus subordinados arrestados. A falta de pruebas no puede ser inculpado, como tampoco lo serán sus cómplices probables, los generales Augereau, Moreau, Masséna y Macdonald.
Por ahora, los jacobinos radicales son neutralizados. Pero sus jerarcas incorporados al régimen van a temer un giro monárquico de Bonaparte hasta el triste caso del duque de Enghien, verdadera « maquinación » que lo escinde definitivamente de los Borbones.

A la derecha, los inconsolables del Antiguo Régimen van a mostrarse más feroces aún que los « exclusivos », tras la negativa de Bonaparte de prestarse al juego de una restauración.
Desde la instauración del Consulado, el conde de Provenza, hermano del difunto Luis XVI y futuro Luis XVIII, hace sondear al Primer Cónsul por Hyde de Neuville, el joven jefe de la agencia realista de Paris. A cambio de la restauración de la realeza, le quieren seducir con la promesa de la espada de condestable, acompañada por grandes poderes e inmensos honores, incluida una estatua ecuestre sobre el arco de triunfo del Carrusel. Evidentemente, la empresa no recibe ninguna respuesta.
Desde su exilio de Mitau en Courlande, el conde de Provenza se declara entonces en una carta en la cual la inocencia rivaliza con el servilismo. He aquí un extracto edificante:

El rey Luis XVIII
Retrato a la acuarela (1816) por Marie-Victoire Jaquotot (1772-1855).

« Desde hace largo tiempo, mi mirada está fija en vos. Desde hace largo tiempo, me he dicho que el vencedor de Lodi, de Castiglione, de Árcole, el conquistador de Italia, de Egipto, será el salvador de Francia. Amante apasionado de la gloria, la querrá pura. Querrá que nuestros últimos sobrinos bendigan sus triunfos. Pero, mientras os he visto no ser más que el más grande de los generales, mientras la fantasía de un abogado ha bastado para cambiar vuestros laureles por cipreses, he debido encerrar mis sentimientos en mí mismo. Hoy que reunís el poder a los talentos, es tiempo de que me explique, es tiempo de que os muestre las esperanzas que he fundado en vos. Si me dirigiese a cualquier otro que a Bonaparte, ofrecería, especificaría recompensas. Un gran hombre debe fijar él mismo su suerte, la de sus amigos. Decid lo que deseáis para vos, para ellos, y el instante de mi restauración será aquel en el que nuestros deseos serán cumplidos ».

En esta propuesta mercantil, este pretendiente al reino halaga como un servil cortesano. Tiene también la duplicidad de éste. En una carta a Cadoudal, al mismo tiempo, trata a Bonaparte de « tirano ».

El silencio despreciativo del Primer Cónsul no desalienta al conde heredero de recidivar en el mismo tono en una carta entregada por el abate de Montesquiou, su agente secreto en París. La respuesta de Bonaparte no sufre entonces ninguna ambigüedad: «He recibido las cartas de Vuestra Alteza Real. Siempre he sentido un vivo interés en sus desgracias y en las de su familia. No debe pensar en presentarse en Francia. No lo lograría más que sobre cien mil cadáveres. Por lo demás, siempre me esforzaré en hacer todo cuanto pudiese suavizar sus destinos y hacerle olvidar sus desgracias».

Después de este rechazo irrevocable, el partido realista entra en una oposición que irá hasta el terrorismo. Una campaña llena de odio, incluyendo inclusive el delito de « facies », se desarrolla en las calles de París contra el « corso usurpador », llevada a cabo por los que se designa bajo el término de «muscadins» – petimetres – que llevan peluca rubia y cuellos negros.
Pero los realistas ultras no se contentan con una oposición verbal. Estipendiados por el gabinete británico con el concurso del conde de Artois, futuro Carlos X exiliado en Londres, van a multiplicar las tentativas de asesinato del Primer Cónsul, siendo las más estrepitosas el atentado de la calle Saint-Nicaise y la conjura Cadoudal-Pichegru-Moreau.

El atentado bárbaro de la calle Saint-Nicaise se produjo el 24 de diciembre en la noche, en el trayecto que conducía al Primer Cónsul y su séquito de las Tullerías a la Ópera, en donde se interpreta un oratorio de Haydn. En la calle Saint-Nicaise, el cortejo rebasa a una carreta estacionada, atada a una mula cuya rienda es sujetada por una niñita. Una enorme detonación retumba algunos segundos más tarde. La carreta rebasada vuela en pedazos bajo el efecto de la explosión de una gran bomba infernal, cuya mecha no funcionó en el instante preciso del paso de Bonaparte. ¡Tan solo se deploran algunas víctimas en el cortejo, pero alrededor es una masacre! Se levanta a veintidós muertos y cincuenta heridos. Se hallan los restos esparcidos de la inocente niñita, a quien se le había pagado con un bocado de pan para detener la carreta. Los daños materiales son considerables y decenas de casas están destruidas. La monstruosidad de este acto terrorista ciego sobrepasa en horror todo lo que puede imaginarse. La vida del Primer Cónsul pendió de un hilo.

Por su modo de acción, Bonaparte piensa de inmediato en un acto de los « exclusivos ». Fouché se inclina por atentado realista. En espera de los resultados de la investigación y como precaución, ciento treinta jacobinos ultras son arrestados y deportados a las Seychelles. La pesquisa da razón a Fouché. Actuando a instigación de Cadoudal, los autores principales son tres realistas: el caballero de Limoëlan, Saint-Régent y Carbon. Limoëlan logra huir a los Estados Unidos. Allá se hará ordenar cura para expiar su crimen abominable. Carbon y Saint-Régent serán condenados a muerte. Éste último suplicará al tribunal enviarle al cadalso lo antes posible. La ejecución tendrá lugar el 20 de abril ante los aplausos de la multitud.

La conjura Cadoudal-Moreau-Pichegru es de una envergadura totalmente diferente. Su fracaso tendrá una consecuencia política considerable: del advenimiento del Imperio.

La matanza muy impopular de la calle Saint-Nicaise no aparta a los asesinos realistas de su designio criminal hacia la persona de Bonaparte. Sacando las lecciones del fracaso, simplemente van a modificar el método. Al atentado terrorista ciego, van a substituir un espectacular golpe de mano militar hacia la persona del Primer Cónsul en el trayecto Tullerías – La Malmaison – Saint-Cloud, que frecuenta habitualmente. Pero la neutralización de la numerosa y temible escolta del Primer Cónsul constituye un obstáculo muy grande que superar, y exige una preparación minuciosa y medios considerables. ¡Mientras sólo sea eso! La Inglaterra de Pitt abre generosamente sus cofres para el reclutamiento de esbirros y la organización de una imponente filial logística que se extiende de la barranca de Biville a París. Para Gran Bretaña, vale la pena el intento. A partir de ahora tiembla por su supervivencia. El terrible « Boney », (huesudo) apodo burlón de Bonaparte, prepara activamente la invasión del país y el bribón es bien capaz de tener éxito.
La ecuación es simple: no más Bonaparte, no más invasión.

Vista de la explosión de la máquina infernal, calle Saint-Nicaise, en París. 3 de nivoso en el 9 (24 de diciembre de 1800) Litografía anónima.

Para el conde de Artois y su entorno, lo que está en juego no es menos claro: no más Bonaparte y la puerta de la restauración de la realeza se abre. Es pues cogidos de la mano como Pitt y Artois urden su complot criminal.
El ejecutante de las bajas obras no tiene ni que buscarse. Se trata una vez más del fanático Cadoudal, quien goza del beneficio de la participación por precisar del general Pichegru, quien se ha pasado del lado del enemigo, y del dudoso general Moreau en París. Puede asimismo contar con la complicidad activa del círculo de los realistas clandestinos de París.

Pero la eficaz policía de Fouché está siempre alerta, en especial la rama política de Desmarets, que descubre el gato encerrado desde el verano de 1802 y no lo pierde de vista. Las cosas se precisan a fines de 1803. Dos hombres de Cadoudal son detenidos en París, los llamados Querelle y Sol de Grisolle. Creyendo salvarse de la pena capital, el primero no se hace de rogar para confesarlo todo. Indica la presencia en París de Cadoudal y de Pichegru, el primero desde el mes de agosto de 1803. Se han puesto en relación con Moreau.
El peligro se hace apremiante para la seguridad del Primer Cónsul. A partir de ahora es importante privar lo antes posible a Cadoudal, Pichegru y sus acólitos, de toda posibilidad de causar cualquier daño. Una suerte de estado de sitio es decretada en París. El consejero de Estado, Real, se encarga de todo el caso bajo la dirección judicial del gran juez Régnier. Murat, gobernador militar de París, y Savary, comandante de la gendarmería de élite, deben aportarle toda su asistencia.
Real obtiene muy pronto resultados decisivos. Echa mano de un doméstico de Cadoudal, Picot, y sobre todo de su brazo derecho, Bouvet de Lozier, antiguo ayudante general del ejército de los Príncipes.
Aterrorizado por lo que le espera y decepcionado de sus comanditarios, Lozier devela lo esencial del complot. Confirma las revelaciones de Querelle. Da precisiones sobre las relaciones Cadoudal-Pichegru-Moreau. Están en desacuerdo, muy afortunadamente para la vida de Bonaparte. El ambicioso Moreau efectivamente quería consentir en derrocar al Primer Cónsul, pero para su provecho propio, y no en beneficio de un Borbón. Tomándolo muy mal, Cadoudal le respondió que « mejor prefería a Bonaparte que a Moreau », lo que dice mucho sobre la estima que le tenía al personaje…
El arresto de Moreau, quien vivía con toda quietud en su propiedad de Grosbois, es decidido en Consejo reducido el 13 de febrero de 1804, para su comparecencia ante un tribunal civil.

Georges Cadoudale (Cadoudal)
Grabado de Dumontier.
 
Arresto de Georges Cadoudal
Estampa popular de la época.

La noche del 26 al 27 de febrero de 1804, la policía logró una gran redada. Procede al arresto estrepitoso de Pichegru, del marqués de Ribière y de Armando y Julio de Polignac, así como de algunos comparsas. Sus confesiones confirman los elementos obtenidos previamente, pero aportan una nueva información capital: un « príncipe », desconocido por ellos, forma parte de la conjura. Debe encargarse de unir al país tras el asesinato de Bonaparte.
El guión del asunto se conoce ahora: Cadoudal elimina al Primer Cónsul, Pichegru y Moreau juntan al ejército, y el misterioso príncipe surge para restablecer la realeza con colaboración de los precedentes y la bendición de Inglaterra.

El feroz Cadoudal es capturado el 9 de marzo, no sin violencia. Durante su arresto, mata a un inspector de policía y hiere a otro. Sin abandonar nunca su arrogancia natural, confiesa con un provocante júbilo su proyecto de asesinar a Bonaparte. Por su parte, confirma también la participación de un «príncipe» en el complot, pero no llega hasta denunciarle.

Con Cadoudal fuera de la jugada, la conjura es aniquilada. Pichegru se suicida en su prisión el 6 de abril de 1804, escapando a la vergüenza de una condena a muerte por traición.
Ante una corte de justicia, Cadoudal reconoce y hasta reivindica su papel de ejecutante principal, en todo el sentido del término. Moreau confiesa haber tenido conocimiento de la conjura, pero niega toda participación. Cadoudal, Armando de Polignac y unos veinte secuaces son condenados a muerte el 10 de junio. Julio de Polignac, Léridant y Moreau no se llevan más que una pena de dos años de prisión, cuando merecían la muerte por complicidad reconocida de atentado a la vida del jefe del Estado

Por petición suya, Bonaparte concede su indulto a Armando de Polignac, al marqués de Ribière y a Bouvet de Lozier.
No sin brío, Cadoudal se rehúsa a solicitar su perdón, al no querer deberle la vida a Bonaparte. Es ejecutado con sus demás cómplices el 26 de junio de 1804. Al subir al cadalso, exclama con un humor no exento de grandeza: « ¡Veníamos a darle un Rey a París, le damos un Emperador! ». Desde el 18 de mayo, en efecto, Bonaparte se ha convertido en el Emperador Napoleón. ¡Pero qué extraordinaria chispa de lucidez histórica en el instante de la muerte!

El célebre caso del duque de Enghien, evocado anteriormente, se incorporó a la conjura Cadoudal, poco antes de su ejecución.

 
El general Jean-Victor Moreau (1763-1813)
Óleo del barón François Gérard (1770-1837).
Instituto Napoleónico México-Francia, INMF.