Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.

El Instituto Napoleónico México-Francia orgullosamente presenta:

CRÓNICAS DEL CONSULADO

Segunda Parte

Una mirada a la historia verdadera del Emperador Napoleón I, de su obra y de su legado

El Cónsul General Bonaparte
Óleo por Robert Lefèvre (1755-1830).
 
EL PERDÓN A LOS EMIGRADOS O LA PAZ DE LOS CORAZONES
 
« ¿Quién ha cerrado jamás tantas llagas, secado tantas lágrimas, terminado tantas calamidades y hecho a tantos felices? ».
El obispo de Vannes acerca de Napoleón.

Consecutiva a las convulsiones revolucionarias, la expatriación de un gran número de franceses, y no solamente de los nobles, constituía una hemorragia humana que podía tornarse, de no remediarse la situación, tan ruinosa para Francia como la provocada por el éxodo de los protestantes tras la revocación del Edicto de Nantes por Luis XIV.
La reintegración rápida en la sociedad francesa de esta preciosa substancia humana se impone de entrada a Bonaparte como un imperativo nacional.

El fenómeno de la emigración comenzó al mismo tiempo que la Revolución. Los disturbios de julio de 1789 incitan a una cierta cantidad de nobles a dejar el país para escapar a la furia popular. El conde de Artois, hermano menor de Luis XVI, el príncipe de Condé y su familia, así como una buena parte de los grandes señores, se refugian en Turín. Con el apoyo de las demás monarquías Europeas, tratan en vano en un primer tiempo de sublevar al sur de Francia, que en gran medida seguía siendo fiel a la realeza.

El movimiento se amplifica con el incremento de las violencias revolucionarias y el decreto que declaraba: « bienes nacionales » las pertenencias de la nobleza y del clero. Redobla con la promulgación de la Constitución Civil del Clero, que obligaba a los sacerdotes a jurar fidelidad a la Revolución.
Hasta 1791, Luis XVI parece desaprobar la emigración, pero su huida fracasada a Varennes un poco más tarde imprime un nuevo impulso al movimiento.

De Turín, la cabeza de la emigración se dirige a Coblenz. En julio de 1791, los dos hermanos del Rey, los condes de Provenza y de Artois se instalan en esa ciudad y fundan una especie de corte, foco de intrigas diversas, pozo sin fondo de dinero e inclusive lugar de corrupción.

¿En cuanto se puede estimar el número de emigrados? Los historiadores convienen en el número aproximativo de doscientos mil por treinta millones de franceses aproximadamente. Lo que sorprende en esta masa, es su diversidad, contrariamente a lo que se piensa generalmente. Junto a los grandes nombres del armorial, encontramos representantes de todas las capas sociales: cerca de treinta mil sacerdotes no juramentados, soldados que han seguido a sus oficiales, hidalgüelos en gran número, burgueses, y hasta campesinos fronterizos echados por la miseria, como los diez mil del Bajo Rin, etc... Dispersada en todos los países de Europa, esta especie de « diáspora » se divide en clanes y camarillas, permaneciendo muy francesa en ese aspecto, así como en el del orgullo nacional, indisponiendo a menudo a sus anfitriones.
En tanto que la acción de los emigrados se limita al campo político, nada de irremediable se cumple. Pero las cosas cambian repentinamente cuando algunos toman las armas contra su país.

Fuga de dos emigrantes
Ya desde el 1° de agosto de 1791, la Asamblea Constituyente revolucionaria había votado un decreto contra la emigración. En efecto, la gran masa de franceses de todas las capas sociales que salían del reino hundían al país; en realidad, contrariamente al mito anclado en el imaginario colectivo, la revolución francesa no fue la obra del pueblo sino de un pequeño grupo compuesto en su mayoría por especuladores y terroristas. Ante la constante fuga de ciudadanos, la Asamblea Legislativa decretó entonces, el 9 de noviembre, por consejo de Brissot, que los emigrantes que no hubiesen regresado a Francia antes del primero de enero de 1792, serían considerados como « conjurados », castigados con la confiscación de sus bienes y, de ser hechos prisioneros, con la muerte. Evidentemente, el Rey de Francia se negó a ratificar este decreto. Caricatura de la época, Museo Carnavalet.

En un inicio desperdigadas y reducidas, formaciones armadas se constituyen y se agrupan en tres cuerpos cuando Francia entra en guerra en abril de 1792. El más importante, bajo las órdenes de los príncipes, se eleva a diez mil hombres, mal equipados, mal alimentados y sin sueldo.
Lo irreversible se cumple por el alistamiento temporal de esos soldados perdidos en las tropas regulares del ejército prusiano de Brunswick en Valmy. La retirada de las armadas coaligadas se transforma para el ejército de los príncipes en una espantosa derrota que se termina con su dislocación. Habiendo permanecido en reserva, el ejército de Condé escapa al desastre. Continuará la guerra contra Francia a sueldo de Austria, de Inglaterra y de Rusia hasta 1801.

Regreso alegre y triunfante de los Don Quijotes prusianos a Alemania, tras la conquista de Francia, bajo el mando del águila austriaca
El ejército prusiano nunca había puesto en duda una victoria fácil en Valmy, de ahí su gran desilusión tras tan estruendoso fracaso. « ¡Cómo se baten, esos perros de sans-culottes!», dice un oficial; « ¿Quién lo hubiese creído? dice el otro, iba a vencer; ¡ay, estoy j...! ». A la derecha, el águila bicéfala austriaca los arrastra exclamando: « Volemos hacia nuevas conquistas ». Estampa popular de la época.

Vencidos y humillados, los emigrados se hallan también bajo el peso de una serie de decretos revolucionarios que les condenan a muerte en caso de regresar a Francia, o de ser capturados en el extranjero. Se encuentran así reducidos a una existencia errante, acosados y perseguidos por doquier en Europa por los ejércitos de la República. En los países donde están fuera de su alcance, como los Estados Unidos, Inglaterra y Rusia, algunos de ellos harán brillantes carreras, como el duque de Richelieu, fundador de Odessa, o el conde de Langeron, brillante general del ejército ruso. Otros, menos ilustres, van a continuar sirviendo en los ejércitos enemigos a título individual.

Asqueados o hartos, un gran número de emigrados creen poder regresar a Francia a partir de 1795. Este movimiento es detenido de golpe en 1797 por los eventos del 18 de Fructidor, que provocan incluso una última ola de emigración. Se toma un nuevo decreto, condenando a muerte a todo emigrado aprehendido en el territorio de la República. Una terrible lista especial de todos los emigrados es redactada para este efecto a fines de 1799...

Tal es la situación que encuentra Bonaparte a su llegada al poder. La cuestión de la emigración constituye una de las « grandes llagas del Estado », exclama.

De alguna forma tranquilizados por el cambio de régimen, un buen número de emigrados van a desafiar el peligroso decreto volviendo a su país con identidades ficticias y pasaportes falsos. La exclusión de la funesta lista da lugar a una innoble corrupción. Los menos menesterosos compran certificados de complacencia. Un tráfico de papeles falsos se desarrolla. Se debe poner fin a este estado de las cosas dejando a un lado todo lo demás.

En pro del interés superior del país, es urgente soldar de nuevo a las dos Francias en la concordia. Pero muy pronto el Primer Cónsul se da cuenta de que los odios acumulados hacen la operación muy difícil. Necesita un cierto tiempo para inducir a los responsables políticos, y aun a la opinión, a una actitud de perdón. Así, debe forzar un poco la mano de algunos jerarcas republicanos. Le es preciso ofrecer resguardos en lo que concierne a los «bienes nacionales», puesto que quienes los compraron temen perderlos. La negativa de Bonaparte de hacer borrón y cuenta nueva de los descarriados que tomaron las armas contra Francia termina por la acarrear la adhesión mayoritaria.

Después de un decreto temporal de supresión de la lista de los emigrados por categorías, una amnistía general es finalmente votada el 6 Floreal Año X (26 de abril de 1802). Están excluidos de ella, como prometido, quienes han combatido contra los ejércitos de Francia. No se volverá atrás de ninguna forma sobre el tema de los « bienes nacionales » vendidos. Aquellos que no hayan sido vendidos aún serán restituidos según el caso.

Masivamente, esos hijos momentáneamente descarriados de Francia vuelven a su Madre Patria, que, en su mayoría, de hecho nunca dejaron de amar. Se estima que más de cincuenta mil pasaron las fronteras durante los primeros días. En un principio, no se sienten muy seguros al acercarse a los puntos de control. Pero, de una manera general, todo se desarrolla bien. Poco rencorosos, los franceses perdonan a los que se descarriaron, mientras no tengan sangre francesa en las manos. Recordemos este testimonio de una emigrada, la « hasta aquí » Madama de Boigne. Cuando penetra en el puesto fronterizo francés, toda desarrapada, no le cubre su camisa el cuerpo... El empleado inicia su interrogatorio ordinario de identidad. Su jefe de oficina la interrumpe: « ¡Resumid! Anotad simplemente “bonita como un ángel” ». ¡La Señora de Boigne comprende entonces que ya ha vuelto a casa!

Citemos igualmente el caso particular de los alsacianos que habían huido hacia la orilla derecha del Rin, menos por razones políticas que para huir de los aprietos. Inmediatamente después de Brumario, no sienten ninguna necesidad de solicitar autorización alguna para volver a casa. Detenidos por la gendarmería, manifiestan un conmovedor patriotismo del cual el Primer Cónsul es informado por el prefecto: « Invocan la justicia y la lealtad del gobierno actual. Mujeres, niños, viejos están con ellos y declaran que se les podrá fusilar pero no forzarlos a dejar Francia de nuevo. Que se nos lleve ante el gran Bonaparte, verá que somos buenos ciudadanos. »

¡Buena gente, a la que el « gran » destinatario cree bajo palabra!

Los emigrados toman el camino de su patria
Desposeídos, arruinados, pero siempre orgullosos, los 150,000 emigrados que vivían fuera de su país en 1799 conservan la nostalgia de la gran Francia y de su pasado esplendor. Agotados por el vagabundeo, desenraizados, minados por años de persecuciones, amenazas y asesinatos, reciben con gozo la noticia de la amnistía general decretada por el Primer Cónsul, quien había previamente suprimido la ignominiosa conmemoración revolucionaria del 21 de enero, «fiesta» que celebraba la decapitación del rey Luis XVI. De vuelta a casa, esperan que Bonaparte restablezca la monarquía favoreciendo el retorno de los Borbones.

Los emigrados a quienes se les niega el beneficio de la ley de amnistía por traición se agrupan en Inglaterra en torno al futuro Luis XVIII y a su hermano el conde de Artois, esperando pacientemente el momento de la restauración, no sin dejar de intrigar, de conspirar, y hasta de levantarse en armas contra Francia. Esperarán diez años más la ley llamada del « millar de los emigrados », para ser indemnizados pese a todo por las pérdidas sufridas durante la Revolución.

Mal preparada, la cláusula de restitución de los « bienes nacionales » aún no vendidos está confrontada a inextricables dificultades de aplicación. Bonaparte se ve obligado a anularla, pero esto no tendrá importancia.

Lo esencial es que la úlcera dolorosa y purulenta de la emigración puede considerarse cicatrizada. Un buen número de antiguos emigrados van a unirse a las nuevas instituciones, a servir en el ejército en todos los rangos de la jerarquía, e inclusive a participar en las gestiones del poder.
Así como aquellos que fueron llamados los chuanes…

Instituto Napoleónico México-Francia, INMF.