
El Instituto Napoleónico
México-Francia orgullosamante presenta:
CRÓNICAS
DEL CONSULADO
Primera
Parte |
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Una mirada a la
historia verdadera del Emperador Napoleón
I, de su obra y de su legado
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«
El Consul General Bonaparte
»
Por Robert Lefèvre |
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| EL
PERDÓN A LOS EMIGRADOS O LA PAZ
DE LOS CORAZONES |
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«
¿Quién
ha cerrado jamás
tantas llagas, secado
tantas lágrimas,
terminado tantas calamidades
y hecho a tantos felices?
». |
El obispo de Vannes acerca
de Napoleón. |
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Consecutiva
a las convulsiones revolucionarias, la expatriación
de un gran número de franceses, y no
solamente de los nobles, constituía
una hemorragia humana que podía tornarse,
de no remediarse la situación, tan
ruinosa para Francia como la provocada por
el éxodo de los protestantes tras la
revocación del Edicto de Nantes por
Luis XIV.
La reintegración rápida en la
sociedad francesa de esta preciosa substancia
humana se impone de entrada a Bonaparte como
un imperativo nacional.
El fenómeno
de la emigración comenzó al
mismo tiempo que la Revolución. Los
disturbios de julio de 1789 incitan a una
cierta cantidad de nobles a dejar el país
para escapar a la furia popular. El conde
de Artois, hermano menor de Luis XVI, el príncipe
de Condé y su familia, así como
una buena parte de los grandes señores,
se refugian en Turín. Con el apoyo
de las demás monarquías Europeas,
tratan en vano en un primer tiempo de sublevar
al sur de Francia, que en gran medida seguía
siendo fiel a la realeza.
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El
movimiento se amplifica con el incremento
de las violencias revolucionarias y
el decreto que declaraba: « bienes
nacionales » las pertenencias
de la nobleza y del clero. Redobla con
la promulgación de la Constitución
Civil del Clero, que obligaba
a los sacerdotes a jurar fidelidad a
la Revolución.
Hasta 1791, Luis XVI parece desaprobar
la emigración, pero su huida
fracasada a Varennes un poco más
tarde imprime un nuevo impulso al movimiento.
De Turín,
la cabeza de la emigración se
dirige a Coblenz. En julio de 1791,
los dos hermanos del Rey, los condes
de Provenza y de Artois se instalan
en esa ciudad y fundan una especie de
corte, foco de intrigas diversas, pozo
sin fondo de dinero e inclusive lugar
de corrupción.
¿En
cuanto se puede estimar el número
de emigrados? Los historiadores convienen
en el número aproximativo de
doscientos mil por treinta millones
de franceses aproximadamente. Lo que
sorprende en esta masa, es su diversidad,
contrariamente a lo que se piensa generalmente.
Junto a los grandes nombres del armorial,
encontramos representantes de todas
las capas sociales: cerca de treinta
mil sacerdotes no juramentados, soldados
que han seguido a sus oficiales, hidalgüelos
en gran número, burgueses, y
hasta campesinos fronterizos echados
por la miseria, como los diez mil del
Bajo Rin, etc... Dispersada en todos
los países de Europa, esta especie
de « diáspora » se
divide en clanes y camarillas, permaneciendo
muy francesa en ese aspecto, así
como en el del orgullo nacional, indisponiendo
a menudo a sus anfitriones.
En tanto que la acción de los
emigrados se limita al campo político,
nada de irremediable se cumple. Pero
las cosas cambian repentinamente cuando
algunos toman las armas contra su país.
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| «
Fuga de
dos emigrantes
» |
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Ya desde el primero de agosto de 1791, la
Asamblea Constituyente
revolucionaria había
votado un decreto
contra la emigración.
En efecto, la gran
masa de franceses
de todas las capas
sociales que salían
del reino hundían
al país; en
realidad, contrariamente
al mito anclado en
el imaginario colectivo,
la revolución
francesa no fue la
obra del pueblo sino
de un pequeño
grupo compuesto en
su mayoría
por especuladores
y terroristas. Ante
la constante fuga
de ciudadanos, la
Asamblea Legislativa
decretó entonces,
el 9 de noviembre,
por consejo de Brissot,
que los emigrantes
que no hubiesen regresado
a Francia antes del
primero de enero de
1792, serían
considerados como
« conjurados
», castigados
con la confiscación
de sus bienes y, de
ser hechos prisioneros,
con la muerte. Evidentemente,
el Rey de Francia
se negó a ratificar
este decreto. Caricatura
de la época,
Museo Carnavalet. |
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En un inicio
desperdigadas y reducidas, formaciones armadas
se constituyen y se agrupan en tres cuerpos
cuando Francia entra en guerra en abril de
1792. El más importante, bajo las órdenes
de los príncipes, se eleva a diez mil
hombres, mal equipados, mal alimentados y
sin sueldo.
Lo irreversible se cumple por el alistamiento
temporal de esos soldados perdidos en las
tropas regulares del ejército prusiano
de Brunswick en Valmy. La retirada de las
armadas coaligadas se transforma para el ejército
de los príncipes en una espantosa derrota
que se termina con su dislocación.
Habiendo permanecido en reserva, el ejército
de Condé escapa al desastre. Continuará
la guerra contra Francia a sueldo de Austria,
de Inglaterra y de Rusia hasta 1801.
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«
Regreso alegre y triunfante
de los Don Quijotes prusianos a
Alemania, tras la conquista de Francia,
bajo el mando del águila
austriaca »
El ejército prusiano nunca
había puesto en duda una
victoria fácil en Valmy,
de ahí su gran desilusión
tras tan estruendoso fracaso. «
¡Cómo se baten, esos
perros de sans-culottes!»,
dice un oficial; «¿Quien
lo hubiese creído? dice el
otro, iba a vencer; ¡ay, estoy
j...!». A la derecha, el águila
bicéfala austriaca los arrastra
exclamando: «Volemos hacia
nuevas conquistas». |
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Vencidos y
humillados, los emigrados se hallan también
bajo el peso de una serie de decretos revolucionarios
que les condenan a muerte en caso de regresar
a Francia, o de ser capturados en el extranjero.
Se encuentran así reducidos a una existencia
errante, acosados y perseguidos por doquier
en Europa por los ejércitos de la República.
En los países donde están fuera
de su alcance, como los Estados Unidos, Inglaterra
y Rusia, algunos de ellos harán brillantes
carreras, como el duque de Richelieu, fundador
de Odessa, o el conde de Langeron, brillante
general del ejército ruso. Otros, menos
ilustres, van a continuar sirviendo en los
ejércitos enemigos a título
individual.
Asqueados
o hartos, un gran número de emigrados
creen poder regresar a Francia a partir de
1795. Este movimiento es detenido de golpe
en 1797 por los eventos del 18 Fructidor,
que provocan incluso una última ola
de emigración. Se toma un nuevo decreto,
condenando a muerte a todo emigrado aprehendido
en el territorio de la República. Una
terrible lista especial de todos los emigrados
es redactada para este efecto a fines de 1799...

Tal
es la situación que encuentra Bonaparte
a su llegada al poder. La cuestión
de la emigración constituye una de
las « grandes llagas del Estado
», exclama.
De alguna
forma tranquilizados por el cambio de régimen,
un buen número de emigrados van a desafiar
el peligroso decreto volviendo a su país
con identidades ficticias y pasaportes falsos.
La exclusión de la funesta lista da
lugar a una innoble corrupción. Los
menos menesterosos compran certificados de
complacencia. Un tráfico de papeles
falsos se desarrolla. Se debe poner fin a
este estado de las cosas dejando a un lado
todo lo demás.
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En pro del interés
superior del país, es urgente
soldar de nuevo a las dos Francias en
la concordia. Pero muy pronto el Primer
Cónsul se da cuenta de que los
odios acumulados hacen la operación
muy difícil. Necesita un cierto
tiempo para inducir a los responsables
políticos, y aun a la opinión,
a una actitud de perdón. Así,
debe forzar un poco la mano de algunos
jerarcas republicanos. Le es preciso
ofrecer resguardos en lo que concierne
a los «bienes nacionales»,
puesto que quienes los compraron temen
perderlos. La negativa de Bonaparte
de hacer borrón y cuenta nueva
de los descarriados que tomaron las
armas contra Francia termina por la
acarrear la adhesión mayoritaria.
Después
de un decreto temporal de supresión
de la lista de los emigrados por categorías,
una amnistía general
es finalmente votada el 6 Floreal Año
X (26 de abril de 1802). Están
excluidos de ella, como prometido, quienes
han combatido contra los ejércitos
de Francia. No se volverá atrás
de ninguna forma sobre el tema de los
«bienes nacionales»
vendidos. Aquellos que no hayan sido
vendidos aún serán restituidos
según el caso.
Masivamente,
esos hijos momentáneamente descarriados
de Francia vuelven a su Madre Patria,
que, en su mayoría, de hecho
nunca dejaron de amar. Se estima que
más de cincuenta mil pasaron
las fronteras durante los primeros días.
En un principio, no se sienten muy seguros
al acercarse a los puntos de control.
Pero, de una manera general, todo se
desarrolla bien. Poco rencorosos, los
franceses perdonan a los que se descarriaron,
mientras no tengan sangre francesa en
las manos. Recordemos este testimonio
de una emigrada, « hasta aquí
» Madama de Boigne. Cuando penetra
en el puesto fronterizo francés,
no le llega la camisa al cuerpo. El
empleado inicia su interrogatorio ordinario
de identidad. Su jefe de oficina la
interrumpe: «¡Resumid!
Anotad simplemente “bonita como
un ángel”».
¡La Señora de Boigne comprende
entonces que ya ha vuelto a casa!
Citemos
igualmente el caso particular de los
alsacianos que habían huido hacia
la orilla derecha del Rin, menos por
razones políticas que para huir
de los aprietos. Inmediatamente después
de Brumario, no sienten ninguna necesidad
de solicitar autorización alguna
para volver a casa. Detenidos por la
gendarmería, manifiestan un conmovedor
patriotismo del cual el Primer Cónsul
es informado por el prefecto: «
Invocan la justicia y la lealtad
del gobierno actual. Mujeres, niños,
viejos están con ellos y declaran
que se les podrá fusilar pero
no forzarlos a dejar Francia de nuevo.
Que se nos lleve ante el gran Bonaparte,
verá que somos buenos ciudadanos.
»
¡Buena
gente a la que el « gran »
destinatario cree bajo palabra!
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| «
Los emigrados toman
el camino de su patria
» |
Desposeídos,
arruinados, pero siempre
orgullosos, los 150,000
emigrados que vivían
fuera de su país
en 1799 conservan
la nostalgia de la
gran Francia y de
su pasado esplendor.
Agotados por el vagabundeo,
desenraizados, minados
por años de
persecuciones, amenazas
y asesinatos, reciben
con gozo la noticia
de la amnistía
general decretada
por el Primer Cónsul,
quien había
previamente suprimido
la ignominiosa conmemoración
revolucionaria del
21 de enero, «fiesta»
que celebraba la decapitación
del rey Luis XVI...
De vuelta a casa,
esperan que Bonaparte
restablezca la monarquía
favoreciendo el retorno
de los Borbones. |
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Los emigrados
a quienes se les niega el beneficio de la
ley de amnistía por traición
se agrupan en Inglaterra en torno al futuro
Luis XVIII y a su hermano el conde de Artois,
esperando pacientemente el momento de la restauración,
no sin dejar de intrigar, de conspirar, y
hasta de levantarse en armas contra Francia.
Esperarán diez años más
la ley llamada del « millar de los
emigrados », para ser indemnizados
pese a todo por las pérdidas sufridas
durante la Revolución.
Mal preparada,
la cláusula de restitución de
los « bienes nacionales »
aún no vendidos está confrontada
a inextricables dificultades de aplicación.
Bonaparte se ve obligado a anularla. Esto
no tendrá importancia…
Lo esencial
es que la úlcera purulenta de la emigración
puede considerarse cicatrizada. Un buen número
de antiguos emigrados van a unirse a las nuevas
instituciones, a servir en el ejército
en todos los rangos de la jerarquía,
e inclusive a participar en las gestiones
del poder…
Así como los que se llamaron los chuanes…

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