
El Instituto Napoleónico
México-Francia orgullosamante presenta:
CRÓNICAS
DEL CONSULADO
Primera
Parte |
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Una mirada a la
historia verdadera del Emperador Napoleón
I, de su obra y de su legado
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«
Muerte del zorro corso,
o última escena de
la caza real
»
Con la presa en mano, Inglaterra
llama a los reyes aliados
que acuden a toda prisa (a
la derecha) para exterminarla.
Caricatura inglesa de la época,
de James Gillray. |
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| LA
INFLEXIBLE HOSTILIDAD DE LAS MONARQUÍAS
ABSOLUTISTAS EUROPEAS |
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«
Los soberanos de Europa
se dieron todos cita sobre
mi tumba, pero no se atreven
a reunirse ». |
Napoleón en 1809. |
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Un
enfrentamiento ideológico sin
piedad redobla en efecto el conflicto
territorial.
A su llegada al poder el 18 de Brumario,
Bonaparte hereda una Francia nueva,
que ha ahogado en sangre a la monarquía
de los Borbones. Este sismo político
contagioso ha sembrado el pánico
entre los monarcas, quienes temen con
razón por sus tronos. Las guerras
« libertadoras »
de la Revolución les han confirmado
la gravedad del peligro. Desde la primera
coalición, se han forjado una
doctrina inflexible, consagrada por
la conferencia de Amberes
del 6 de abril de 1793. Los representantes
de Inglaterra, de Austria, de Prusia
y de Rusia no programaron nada menos
que la destrucción total de la
Francia de la Revolución. |
| En
nombre de Inglaterra, lord Auckland
ha declarado querer « reducir
a Francia a una verdadera nada política
». Sobrepujando, el austriaco
Mercy-Argenteau deseó «aplastar
a Francia por el terror, exterminando
a una gran porción de la parte
activa y la casi totalidad de la parte
dirigente de la nación».
¡Nada menos! Su compatriota Thugut
incluso propuso un pasmoso reparto de
los despojos: a Inglaterra Dunkerque
y las colonias, a Austria Flandes y
Artois, a Prusia Alsacia y Lorena. Una
variante insólita consistía
en otorgar Alsacia y Lorena al duque
de Baviera, a cambio de que su ducado
fuera incorporado a Austria. Este odio
visceral de los representantes de Austria
debe mucho a la decapitación
por la Revolución de la Reina
María-Antonieta, princesa austriaca.
Rusia debe servirse en Polonia. Su plenipotenciario
Markov ha resumido muy bien la meta
de guerra de los coaligados, que desempeñarían
con una implacable determinación
hasta Waterloo: « Podemos
permitirnos todo en la empresa contra
Francia. Hay que destruir la
anarquía en Francia. Debemos
impedir que retome su antigua preponderancia.
Parece que ambos objetos bien pueden
ejecutarse a la vez. Apoderémonos
de las provincias francesas que nos
son convenientes (…). Una
vez esto hecho, trabajemos todos de
concierto para dar a lo que quede de
Francia un gobierno estable y permanente.
Se convertirá en una potencia
de segundo orden que ya no
será temible para nadie y haremos
desaparecer de Europa el foco de democracia
que ha pensado abrasar a Europa ».
Este extracto lleno de bravura bien
merecía una larga cita.
Es verdad que la monarquía de
los Zares está más expuesta
que las demás al contagio de
los derechos del hombre. Su sistema
social constituye un insulto a la dignidad
humana. Una arrogante aristocracia señorial
mantiene a un campesinado en estado
de servidumbre, situación
muy próxima a la esclavitud.
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| El
rey Luis XVIII
en traje de consagración |
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El
Emperador Napoleón todavía
no existe en ese momento. Posteriormente,
esos autócratas mentirán
descaradamente cuando pretendan insidiosamente
no tener nada contra Francia, sino actuar
exclusivamente contra la persona de
Napoleón. |
Diez años
después de su primera conferencia,
el odio de los monarcas Europeos no ha menguado
en nada, muy al contrario. Las victorias fáciles
de los ejércitos de la Francia Revolucionaria
debieron mucho al recibimiento entusiasta
de las poblaciones concernidas y al efecto
inhibidor producido sobre los combatientes
enemigos, de quienes se esperaba que se opusieran
a los « libertadores ».
Los autócratas « por derecho
divino » tiemblan más que nunca
sobre sus tronos oscilantes. Para salvar su
régimen, les es forzoso, a cualquier
precio, extirpar « el mal francés
» desde la raíz, sofocar de una
vez por todas la Revolución, volver
a meter al pueblo francés en cintura
para que ningún otro pueblo tenga ganas
de imitarlo.
Un diplomático curtido, el conde de
Hauterive expresa entonces perfectamente el
carácter inexorable del afrontamiento
entre la Europa absolutista y la nueva Francia:
« Es preciso que una mate a la otra.
Es necesario, o que Francia perezca, o que
destrone a suficientes reyes para que lo que
quede no pueda componer una coalición.
La coalición habrá destruido
al Imperio francés el día en
que lo haya hecho retrogradar, pues, en esta
marcha uno no se detiene ». Palabras
premonitorias…
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| El
Conde de Hauterive,
Alexandre-Maurice Blanc
de La Nautte (1754-1830).
Director de los archivos
y de la cancillería
del ministerio de Asuntos
exteriores de 1807 a 1830.
Grabado de Lignon, según
un dibujo de Paulin Guérin,
1830. |
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| El
conde Karl Wassiljewitsch
Nesselrode
(1780-1862). Amigo de Metternich,
diplomático en Württemberg,
Berlín y La Haya, participa
en las negociaciones de Tilsitt.
Es nombrado embajador ruso
en París. |
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De 1789 a
1815, la feroz voluntad de las monarquías
legitimistas Europeas de abatir a la nueva
Francia no se desmentirá jamás
y acabará por convertirse en una obsesión
llena de odio. Ni la instauración del
Imperio con su restablecimiento y fasto monárquicos,
ni la alianza matrimonial con los Habsburgo,
menguarán en lo más mínimo
una hostilidad visceral, lo cual, dicho sea
de paso, constituye el más hermoso
homenaje a la vocación libertaria del
régimen imperial.
A principios de 1813, sus ministros Roumiantzov
y Nesselrode van a persuadir al Zar vencedor
de que la « Santa Rusia »
está investida de la misión
divina de liberar a Europa de Napoleón.
Este fanatismo es ampliamente compartido por
las demás cortes.
No nos encontramos ante una coalición
sino ante una cruzada contra Francia, en donde
la opinión le responde en eco. El «
Chant du départ », el
más popular de la época, ha
inmortalizado la hostilidad existente en aquel
tiempo hacia la monarquía borbónica
y sus aliados:
« Tremblez ennemis de la France,
rois ivres de sang et d’orgueil, le
peuple souverain s’avance, Tyrans descendez
au cercueil. La République nous appelle…
»
Ya no faltaba
más que la inextricable cuestión
religiosa para llevar a su paroxismo la hostilidad
general hacia la Francia del Consulado. Entre
los ultrajes pasados de una Revolución
desenfrenada, la trágica persecución
de los católicos y la descristianización
homicida del país habían levantado
contra ella al papado y a todo cuanto Europa
contaba de devotos. Un exceso engendrando
otro, Bonaparte en persona, como heredero
de los aportes de las Luces y de la Revolución,
no estaba lejos de ser considerado de manera
perentoria como un « anticristo »
del cual « la humanidad » debía
tratar sin cejar de deshacerse, lo antes posible
y por cualquier medio. Más tarde, su
valiente emancipación
de los judíos no contribuirá
en absoluto a atenuar esta hostilidad de ciertos
medios cristianos - católicos, protestantes
y ortodoxos - hacia su persona, que le disputa
en intensidad la execración de Gran
Bretaña.

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