Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.

El Instituto Napoleónico México-Francia orgullosamente presenta:

CRÓNICAS DEL CONSULADO

Segunda Parte

Una mirada a la historia verdadera del Emperador Napoleón I, de su obra y de su legado

DERECHO Y JUSTICIA
 
El Código Napoleón - justicia igual e inteligible para todos
Uno de los ocho bajo-relieves de Pierre-Charles Simart (1806-1857) que representan, en la cripta del Hotel de Los Inválidos, la obra de Napoléon el Grande. En el pedestal del trono leemos la leyenda: « Mi solo código por su simplicidad, ha hecho más bien en Francia que la masa de todas las leyes que me han precedido ».
 
« Mi gloria no es haber ganado cuarenta batallas. Lo que nada borrará, lo que vivirá eternamente, es mi Código Civil, serán mis actas del Consejo de Estado ».
Napoleón I; Memorial de Santa Helena.
Tras la instalación de la comisión consular el 20 de brumario de 1799, la primera preocupación del joven Primer Cónsul fue la elaboración de la nueva Constitución.
Código Civil de los franceses
Ejemplar que perteneció al Emperador Napoleón
Dicha comisión organizó prontamente el gobierno y se concentró urgentemente en remediar la penuria del tesoro, entre otras cosas volviendo, en materia de contribuciones, a algunas prácticas del Antiguo Régimen, adoptando un conjunto de medidas financieras pertinentes que pronto equilibraron los cofres del Estado.
Asimismo, en su voluntad de crear bases sólidas de apaciguamiento social y de reconciliación nacional, el Primer Cónsul había sentado las bases de proyecto legal por medio de diversas medidas propias para atraer a las clases despojadas y a los residuos de los grupos realistas, proscritos por la revolución. Así, por ejemplo, llevó a cabo iniciativas como la abolición del infame « empréstito forzado » revolucionario y la de la ley de los rehenes, que colocaba bajo vigilancia policiaca a los nobles y a los parientes de los emigrados. Del mismo modo, las leyes que excluían de las funciones públicas a los parientes de emigrados y a los nobles fueron abrogadas; los desterrados del 18 de fructidor llamados de vuelta. Finalmente, las listas de los emigrados fueron canceladas y las fiestas republicanas suprimidas, exceptuando las del 10 de agosto (fiesta de la unidad y la indivisibilidad de la república) y del 14 de julio (hoy fiesta nacional de Francia).
Paralelamente, subrayemos que el Primer Cónsul llevó a cabo los más admirables esfuerzos para alcanzar estos grandes resultados al tanto que hacía llegar propuestas pacíficas a Inglaterra, Austria y Rusia, mismas, como sabemos, que fueron rechazadas todas con desdeño, lo que fatalmente conduciría a nuevos enfrentamientos armados.

Sin embargo, antes de entrar en cualquier campaña, era capital acabar con el problema de la Vendea transformando de una vez la estancada condición del Oeste en una paz definitiva, por lo que el primer Cónsul redobló esfuerzos dirigiendo toda su atención en esa dirección. Una suspensión de armas había sido firmada con los insurgentes realistas del Oeste, y negociaciones emprendidas para lograr una pacificación completa en dichas zonas, diezmadas por el genocidio de católicos y la descristianización revolucionaria en Vendea y Bretaña. Por medio de concesiones hábiles y una característica mezcla napoleónica de enérgica firmeza y de flexible espíritu conciliador, apoyadas en trámites realizados con los jefes realistas, el Primer Cónsul aquietó sucesivamente ambas orillas del Loira, Bretaña y Normandía, pacificando por completo los departamentos del Oeste para fines de febrero de 1800.
En el mismo sentido, el Primer Cónsul puso gran énfasis en consolidar el cuerpo social y espiritual de Francia, haciendo, para gran alivio y satisfacción del desgarrado pueblo francés, importantes concesiones al clero e instaurando una política generosa y justa para los sacerdotes refractarios, hasta entonces víctimas de terribles persecuciones y de atroces carnicerías. El Primer Cónsul devolvería a la Iglesia católica un gran número de edificios y monumentos religiosos de los que había sido despojada brutalmente por los revolucionarios, concedió a los religiosos pensiones y compensaciones, y al juramento a la constitución civil del clero substituyó una simple promesa de obediencia a la Constitución del Estado.

RESTABLECIMIENTO DE LA RELIGIÓN CATÓLICA
Iniciado con antelación y mucho antes de su cristalización por medio de entrevistas privadas, en especial la de Génova entre el Primer Cónsul y el Cardenal Jean Siffrein Maury, el Concordato con la Santa Sede será firmado el 15 de julio de 1801. Jean-Étienne-Marie Portalis, jurista de gran valor, fue su principal negociador. Este evento capital hará de Napoleón el « restaurador de los altares ». El Concordato marca una ruptura decisiva entre la revolución y el Primer Cónsul, y no la imposible conciliación entre la Iglesia y la revolución, que seguirá siendo su implacable enemiga. Al dar por medio del Concordato la preeminencia al Vaticano por sobre el espíritu revolucionario, volviendo a abrir ampliamente la fuente de créditos a los obispos, a los cardenales y a la alta jerarquía eclesiástica, Napoleón toma sobre sus hombros la enorme responsabilidad de abolir diez años de lucha por lo que los revolucionarios llamaban la « libertad de la mente ». Sin embargo, el futuro Emperador obedecerá, al proceder de esta manera, a muchos principios esenciales como, por una parte, los intereses supremos de Francia, el buen sentido común, el respeto de los anhelos profundos del pueblo francés, privado violentamente de su religión y desgarrado por años de persecuciones y masacres fraticidas. Por otro lado, el joven héroe cede a la influencia muy neta de su infancia, marcada toda por las prácticas de un efusivo («supersticioso», en palabras de Pierre Larousse) catolicismo italianizado, más tarde templado y canalizado por maestros como el buen Padre Patrault, en la Escuela de los Padres Mínimos de Briena. Sea como sea, a partir de entonces el Primer Cónsul será respaldado por el alto clero en su empresa de restauración monárquica, a la que una parte importante de su entorno comienza a empujarle abiertamente, en especial los Segundo y Tercer Cónsules, Cambacérès y Lebrun respectivamente, o el Consejero de Estado Barbé-Marbois.
Entrevista entre Napoleón y el Cardenal Maury Grabado de Deschamps.

Desafortunadamente, todos estos beneficios, aun cuando acogidos con beneplácito y alivio por el conjunto de la población, causaban el descontento de ciertas facciones y personalidades nostálgicas de viejas tendencias revolucionarias, muchos de ellos pertenecientes a clubes jacobinos y a diversas logias de la francmasonería. Entre las personalidades evocadas, no obstante haber adherido sinceramente al nuevo régimen, había quienes, especialmente en el tribunado, concebían veleidades de oposición que, amenazando gravemente los difíciles logros conseguidos, contrariaron fuertemente al Primer Cónsul, aumentando su natural aversión por el carácter enmarañado y confuso de las asambleas deliberantes. Fue así como, guiado por este sentimiento, hizo suprimir por medio de una ley las municipalidades cantonales, confiando la administración de los departamentos a prefectos, subprefectos y alcaldes, por él creados y nombrados en enero de 1800.
Era este un nuevo y notable progreso, de los más importantes en el marco y sentido de la centralización gubernamental estructura estatal y especificidad gubernativa de las más características de Francia que permanece prácticamente intacta hasta el día de hoy.

CREACIÓN DE LOS PREFECTOS
Buscando poner un término a los movimientos centrífugos del periodo revolucionario y con el objetivo de afirmar la preeminencia del Estado, la Constitución del año VIII, y aún más la ley del 28 de pluvioso del año VIII (17 de febrero de 1800) referente a la organización administrativa, harían del Consulado, y posteriormente del Imperio, el periodo más centralizado de la historia de las instituciones políticas de Francia.
Entre otros, el artículo 3 de la ley consular dio nacimiento a la función prefectoral: « el prefecto es el único encargado de la administración ». En el transcurso de la discusión de este artículo frente al cuerpo legislativo, el relator, Daunou, precisa a propósito de los prefectos: « son los representantes del gobierno, y no los representantes de los gobernados ».
El prefecto es asistido por un consejo de prefectura, por el consejo del departamento y, en cada distrito (arrondissement), por un sub-prefecto, su delegado. El Primer Cónsul nombra a los prefectos, subprefectos y miembros de los consejos, así como a los alcaldes de las comunas que cuentan con más de 5 000 habitantes. Una de las principales misiones de los prefectos consiste en ejercer la tutela del Estado sobre las comunas; nombran a los alcaldes de las comunas de menos 5 000 habitantes así como a los consejeros municipales de todas las comunas, pequeñas y grandes. Los alcaldes, igualmente agentes del Estado, no tienen de hecho ninguna autonomía; su menor decisión debe recibir el aval de las oficinas prefectorales.
A fines de febrero de 1800 Luciano Bonaparte, hermano de Napoleón y ministro del Interior, y Beugnot, secretario general del ministerio, operan la selección de los prefectos entre las candidaturas espontáneas o suscitadas; el Primer Cónsul avaliza. Los primeros prefectos son nombrados el 2 de marzo. Ninguno de ellos está vinculado por nacimiento o residencia con su departamento de atribución; pueden ser desplazados en todo momento, de forma que no se cree ninguna connivencia local. El día 15, el Primer Cónsul los recibe: «
Haced que Francia date su dicha del establecimiento de los prefectos ».
Prefecto del periodo Consulado e Imperio.
Prefecto del Consulado & Imperio

Finalmente, se tomó la obligada precaución de clausurar una gran parte de las nefastas sociedades de contubernio político, en realidad auténticos antros infestados de intrigantes y confabulados, a lo cual siguió el desarraigo de los principales líderes del partido republicano, entre ellos el traidor general Jourdan. Todas estas iniciativas descartaron uno a uno los escollos abriendo el camino, ahora relativamente libre de conspiradores y matarifes, a la unión de todos los talentos, un principio napoleónico, que podrán entonces unir sus fuerzas para iniciar la ardua labor de reconstrucción de Francia. Éste proceso será ilustradamente orquestado por el Primer Cónsul desde su gabinete del palacio de las Tullerías, en el que se ha instalado el 30 de pluvioso (19 de febrero de 1800) no sin antes mandar firmemente eliminar los grafitis de gorros rojos y otros emblemas revolucionarios que mancillaban los muros y plafones el palacio; « Hacedme desaparecer todo esto; no quiero semejantes suciedades », ordenará abrutamente al arquitecto del Palacio, Monsieur Lecomte. (1)

1) « Faites-moi disparaître tout cela ; je ne veux pas de pareilles saloperies »

La Revolución francesa, dice Alfonso Thiers, había sido prodigiosamente fecunda en hombres, en todos los géneros, y, si se quería sobre todo ya no tener en cuenta las exclusiones pronunciadas por los partidos unos en relación con los demás, se tenían los medios de componer el personal de gobierno más variado el más capaz, añadamos el más glorioso. Como lo observa Pierre Larousse, « Sin duda, había entre aquellos hombres ambiciosos sin escrúpulos, luchadores infatigables, algunos realistas declarados, y muchos otros cuyo carácter estaba enervado; pero, como quiera que fuese, eran todas éstas capacidades de primer orden, de las que el amo de Francia obtendría inapreciables servicios », absorbiendo su gloria, a semejanza del gran rey Luis XIV, la de todos los hombres superiores de su tiempo.
Efectivamente, más allá incluso que en el marco militar tan frecuentemente evocado – prodigiosa resistencia de 15 años contra 6 coaliciones internacionales – en el ámbito social y civil, los campos jurídico y legislativo, cimiento de los derechos civiles de nuestro mundo moderno, sean los que más nos asombran hoy en día por su fuerza y vigencia, a doscientos años de distancia.

El gran maestro de obras de esta gigantesca construcción es el Consejo de Estado, creado por el artículo 52 de la nueva Constitución. Está compuesto de juristas escogidos con cuidado, no por sus ideas políticas, sino por sus competencias jurídicas y administrativas. Su función es preparar las leyes y códigos previamente a su presentación ante las asambleas parlamentarias.

La obra cardinal del Consejo de Estado es el Código Civil. Desde que se forma el Consejo, el Primer Cónsul instituye una Comisión especial a la que atenderá con todo su cuidado. Confía su presidencia a CAMBACÉRÈS, jurista sin par, asistido por otras personalidades eminentes del Derecho, los Roederer, Portalis, Bigot, de Préameneu y otros…
Bonaparte participa asiduamente en los debates y asombra a más de uno por sus conocimientos y sobre todo por su buen sentido común. El antiguo ministro de Luis XVI, de Molleville, a quien recurrió sin complejo, no puede evitar exclamar un día: « ¿Pero en dónde diablos aprendió todo eso? ».
Se ha reportado que el Primer Cónsul presidió 57 de las 102 sesiones consagradas al Código Civil. Aunque caracterizados por una cierta solemnidad, los debates se llevan a cabo en toda libertad de expresión. Realistas y jacobinos no se privan de ella de ninguna manera. Bonaparte escucha con paciencia. Llega a suceder más de una vez que renuncie a su punto de vista frente a una argumentación contraria convincente. El conde de Plancy nos ha dejado un testimonio de este espíritu de tolerancia que preside los trabajos del Consejo de Estado: « En virtud de que el Primer Cónsul presidía siempre el Consejo de Estado, ciertas personas han querido inferir que esta asamblea era servil y le obedecía en todo. Puedo al contrario afirmar que los hombres más ilustrados de Francia, en todas las especialidades que la componían, deliberaban en toda libertad y que nada estorbaba nunca sus discusiones. Bonaparte tenía mucho más interés en aprovechar sus luces de lo que ponía atención a sus opiniones políticas ». Todo esto es perfectamente cierto.
Después de cuatro años de trabajo tesonero, contrariado y retrasado por la oposición rara vez constructiva de una parte de las cámaras, el Código Civil es por fin promulgado el 21 de marzo de 1804. Agrupa 36 leyes y se compone de 2281 artículos. Las disposiciones que contiene rigen aún hoy, en lo esencial, la vida de los franceses de nuestros días. En 1807, tomará el nombre de Código Napoleón.

Jean-Jacques Régis de Cambacérès (1753-1824)
Óleo de Jean-Baptiste Greuze (1725-1805).

Desde entonces, el país ha adoptado múltiples constituciones pero el Código civil ha permanecido. Representa pues por su longevidad la verdadera Constitución en « granito » del pueblo francés.

Este monumento del Derecho representa una magistral síntesis jurídica, primeramente entre el Antiguo Régimen y la Revolución, enseguida entre los diferentes derechos consuetudinarios de las regiones del país, fundidos en un mismo crisol unificador. Con esto también, Napoleón continúa la Historia de Francia…
En el centro del Código Civil, se hallan la familia y la propiedad. Después de haber denunciado el « jacobinismo » administrativo de Napoleón, algunos turbios ideólogos al acecho, equivocándose otra vez de época, han visto en el Código Civil, una suerte de carta de la burguesía. Evidentemente, no entraremos en esta polémica inepta, dejando tan sólo a la perennidad del Código Civil el cuidado de responder.

PREFECTURAS Y CUERPOS DE COMISARIOS
Durante el Consulado, una organización administrativa centralizada y jerarquizada se instala con la institución de los prefectos. La ley del 17 de febrero de 1800 crea la Prefectura de policía de París que dirige las comisarías de las doce municipalidades de distritos (arrondissements), lo cual favorece la puesta bajo tutela de la bulliciosa municipalidad parisina. En provincia, el dispositivo de policía sigue siendo ampliamente municipal, pero a partir de entonces se apoyará, en ciertas comunas, en comisarios y comisarios generales, nombrados por el gobierno y colocados bajo la autoridad de los prefectos o de los subprefectos. Cada comuna de más de 5000 habitantes es así dotada de un comisario de policía. Uno o varios comisarios son asignados por serie suplementaria de 10 000 habitantes y, a partir de 100 000 habitantes, la comuna es dotada con un comisario general que no depende del prefecto, sino directamente del ministro de la policía general.
El conjunto de dichos comisarios asegura, con la ayuda del personal municipal puesto a su disposición por los alcaldes, la seguridad pública de la vida cotidiana. Esta misión tomará al hilo de las décadas cada vez más importancia.
Durante el Imperio, sometida Francia a un estado de permanente agresiones bélicas en sus fronteras y bajo la amenaza de los asaltos reiterados de agentes extranjeros e incluso de asesinos a sueldo de Inglaterra en el interior, José Fouché, ministro de la Policía general, refuerza considerablemente el aparato y la división en zonas administrativos de policía con un fin de control político de la población. Así, el ministro de la policía general pasa de cuatro a seis divisiones, en particular con la creación de una « alta policía », denominada «seguridad general y policía secreta», encargada de la policía de los informes. Los comisarios generales tienen autoridad sobre la policía administrativa en los ámbitos de la red viaria, del alumbrado, de la higiene, de la supervisión de los espectáculos, de la prensa, que escapan a la autoridad del prefecto.
Comisario de policía durante el Consulado y el Imperio
Acto de promulgación del Código Civil
28 ventoso del año 12 (19. III. 1804).

A lo largo de todo el Imperio, otros códigos seguirán al Código civil, limitados a su objeto: Código de Procedimiento Civil en 1806, del Comercio en 1807, de Instrucción Criminal en 1808, Penal en 1810 y Rural en 1814.
A pesar de las guerras continuas que le fueron impuestas, Napoleón nunca cesó de proseguir su obra refundadora.

Estos códigos particulares son el testimonio de una reforma de arriba a abajo de la organización judicial. De la instalación de los Jueces de Paz hasta la Corte de Casación, pasando por los estatutos del Notariado y la creación de los magistrados de conciliación laboral, toda una cadena judicial nueva, civil y penal, ve la luz del día.
Aquí también, el objetivo perseguido consiste en acercar la Justicia del justiciable y adaptarla a la evolución de la sociedad y a su estado del momento. Estudiemos estas palabras del Emperador Napoleón al Consejo de Estado (marzo de 1806) que nos refiere el consejero de Estado Pelet de Lozère: « La ley debe limitarse a plantear un principio general. Sería en vano que querríamos prever en ella todos los casos, la experiencia probaría que habríamos omitido muchos; no se osaría, por respeto por ella, suplir su silencio, y la justicia sufriría de ello; hay que dejar al gobierno el cuidado de decidir acerca de los detalles por medio de reglamentos de ejecución; podrá sin onconveniente tantear y regularse por la experiencia; nada impedirá que al cabo de dos o tres años se conviertan definitivamente en leyes aquellos reglamentos cuya sabiduría la experiencia habrá demostrado ».
La coincidencia de las jurisdicciones administrativas y judiciales es mantenida. Pero, porque importa que la Justicia se haga independiente, el poder judicial es confiado a magistrados nombrados a vida, y no sometidos a la elección, salvo en el caso de los jueces de paz hasta 1802.

Para hacer frente a las necesidades nuevas, tribunales especiales deben ser instituidos, destinados esencialmente a restablecer la seguridad en los caminos y en los campos.

En la cima del Estado, el Consejo de Estado, una especie de Jano jurídico, constituye la corte administrativa suprema, encargada a la vez de preparar las leyes, de velar por su aplicación, y de arbitrar en última instancia los conflictos administrativos.

 
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