Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.

El Instituto Napoleónico México-Francia orgullosamente presenta:

CRÓNICAS DEL CONSULADO

Segunda Parte

Una mirada a la historia verdadera del Emperador Napoleón I, de su obra y de su legado

 
NAPOLEÓN, UN CONSTRUCTOR PRENDADO DE LA PAZ
 
Al pacificador del mundo
« Se priva por nosotros del reposo que nos da »; dibujo a la pluma de Lecointe.
 
« La paz es la primera de las necesidades y la primera de las glorias ».
Napoleón.

Así se expresa Bonaparte desde su accesión al poder en una carta dirigida al Rey de Inglaterra Jorge III. Esta noble máxima constituye la quintaesencia de toda la política de Napoleón.
Al tanto que le ha elevado al rango del más grande capitán de todos los tiempos, la fatalidad de la guerra ha eclipsado su genio creador pacífico, prioridad del personaje. Estereotipos caricaturales han enturbiado su imagen, comenzando por su personalidad.

UNA NATURALEZA FUNDAMENTALMENTE PACÍFICA

El rey Jorge III de Inglaterra

No se puede contestar el carácter abrupto y entero de Napoleón. Ignora la demagogia, la forma más despreciable del desprecio, de la que saca provecho todo político que se respete. Confrontado a la duplicidad que le desazona, no siempre domina su impulsividad natural. A ella es a la que debe implacables enemistades que le costaron muy caro, especialmente de parte de grandes jerarcas como Talleyrand y Fouché. La cólera le hace tomar decisiones desafortunadas, entre las cuales su funesta elección en la cuestión de España. Pero hay que precisar que sus arrebatos públicos a veces están calculados para obtener un efecto político.
Esto dicho, contrariamente a las apariencias, Napoleón es un hombre de alma sensible, opuestamente al «ogro corso», imagen de propaganda falaz, en añadidura manchada de delito de facies.*
Escuchemos esta confidencia hecha a Roederer: « Hay en mí dos hombres distintos: el hombre de la cabeza y el hombre del corazón. En mi interior, soy el hombre del corazón ».
No se le otorga la importancia que merecen a los numerosos testimonios, oficiales o privados, de este aspecto de la personalidad de Napoleón Bonaparte.

Napoleón quedó traumatizado de por vida por las atrocidades de la Revolución, en especial la insostenible masacre de los guardias suizos en las Tullerías de la que fue testigo el 10 de agosto de 1792. Contrajo ese día una alergia feroz a toda forma de violencia popular descontrolada y a todo sistema de gobierno extremista.

Conocemos muchos otros ejemplos de su sensibilidad de alma. Nunca dejará de mostrar un asco no fingido ante el espectáculo insostenible de los campos de batalla tras el combate. En Austerlitz, expresará el profundo sufrimiento que siente por la muerte de tantos humildes soldados, indiferentemente franceses o enemigos. « Ojalá que tanta desdicha recaiga por fin sobre los pérfidos insulares que son causa de ella ».

Su horror de la guerra le hizo cometer al menos en tres ocasiones una misma falta estratégica grave. En Wagram, en la Moskova, y después de Bautzen, a pesar de las reprobaciones de sus mariscales, renuncia a la persecución del vencido para detener la efusión de sangre. « ¡Basta ya de sangre vertida! » exclama después de Wagram. En esas tres circunstancias, contravino deliberadamente a su inmutable objetivo de guerra que consistía en destruir el ejército del enemigo para disuadirlo de recomenzar la guerra.
Al visitar el campo de la espantosa carnicería de Eylau que no pudo evitar, las lágrimas que corren sobre sus mejillas no pasan desapercibidas por el general Billon, testigo que le oye decir: « ¡Qué masacre!¿Y para qué resultado? Espectáculo bien hecho para inspirar a los príncipes el amor de la paz y el horror de la guerra (…) Un padre que pierde a sus hijos no saborea ningún encanto de la victoria. Cuando el corazón habla, la gloria misma no tiene ya ilusiones… ». Frecuente en su boca para designar a sus intrépidos grognards, la expresión « mis hijos » contenía un auténtico afecto que acentuaba su legendario pellizco de oreja. Podemos multiplicar los ejemplos de este orden…
Contamos con testimonios conmovedores de su insondable dolor por la pérdida en el combate de sus mejores compañeros, tales como Desaix en Marengo (1800), Lannes en Essling (1809), o Duroc en Markersdorf (1813).
A su regreso de la isla de Elba, se desmaya de emoción al recibir la noticia de la muerte de Berthier, su jefe de estado mayor de siempre que sin embargo le ha abandonado. Sufre un suplicio al no volver a encontrar a su hijo de cuatro años, el trágico Aguilucho, que le han inhumanamente arrebatado. Se esfuerza en no dejar asomar nada, pero Carnot le sorprende en lágrimas ante el retrato del niño. Ni siquiera se le ocurre tratar de intercambiarlo por el duque de Angoulême a quien tiene a su merced en ese mismo momento en el valle del Ródano. Este procedimiento de gangster repugna a su moral.

El crimen, inclusive de Estado, siempre repugnó a Napoleón. La abominable acusación de « asesinato del duque de Enghien » el 21 de marzo de 1804 es totalmente infundada. Napoleón ordenó legítimamente el arresto del duque de Enghien en virtud de las pesadas sospechas que gravaban sobre él.

Su cargado pasado de combatiente contra el ejército francés en las filas enemigas no abogaba a su favor. Su rapto en Baden más allá de la frontera es un reproche irrisorio en vista de la gravedad del asunto. Fue ordenado en virtud de un legítimo derecho de prosecución. El duque fue juzgado por un tribunal legal e independiente.
La condena a la pena capital fue decretada unánimemente y en virtud de las leyes en vigor, no por su participación no probada en la conjura Cadoudal, sino por otros cinco motivos más de traición y de confabulación con el enemigo, todos pasibles de la pena de muerte.

La odiosa ejecución expeditiva de la sentencia fue ordenada por Savary, y por nadie más. Sin deberse en nada a la voluntad de Napoleón, fue inspirada por los regicidas de su entorno para impedirle definitivamente ceder a una eventual tentación de restaurar la monarquía, como lo había hecho el general Monk en Inglaterra un siglo y medio antes. Muy al contrario, el Primer Cónsul hizo todo para reservarse el beneficio político de un indulto y lo habría logrado sin duda, de no ser por el extraño desfallecimiento «dormitivo» de su consejero de Estado, Réal.

Atentado de la Calle Saint-Nicaise, el 24 de diciembre de 1800
Comanditado por los realistas, este atentado fallido consistió en la explosión de una carreta repleta de explosivos colocada en la ruta de Napoleón a la ópera. La máquina infernal estalló dos minutos después del paso del Primer Cónsul, hiriendo y matando a decenas de inocentes. Entre ellos, una niñita hecha pedazos a la que uno de los terroristas había cobardemente confiado la guardia del caballo que tiraba del vehículo.

En cambio, sobrevivió a un número incalculable de tentativas de asesinato, fomentadas abiertamente por el gabinete británico o el conde de Artois, futuro Carlos X. Acabará sucumbiendo en Santa Helena a un envenenamiento por arsénico, ahora científicamente demostrado, perpetrado por aquellos mismos quienes le acusaban del asesinato del duque de Enghien.

Pero él, el corso, nunca cedió a la tentación de la vendetta. Siempre rechazó los múltiples ofrecimientos de asesinos a sueldo de deshacerse sin estorbos de sus enemigos mortales.
Ni siquiera se dejó ir a medidas vindicativas personales fáciles. En Tilsit, por ejemplo, se privó de pedir al Zar Alejandro I, quien nada podía rehusarle entonces, la cabeza de su más implacable enemigo personal, el corso Carlos Pozzo di Borgo, intrigante enrabiado, que expelía su odio hacia Napoleón en la corte de San Petersburgo.

La gran tolerancia de Napoleón rayaba a menudo en la debilidad. Josefina abusó de ella durante años. Él perdonó muchas malversaciones a compañeros en nombre de una antigua amistad, Bourrienne por ejemplo. Se negó a hacer comparecer ante la justicia por alta traición a jerarcas como el siniestro Talleyrand, reputado « entregar a todos los que lo habían comprado », o aun al detestable Fouché quien dijo del primero, convertido en vicecanciller, que « era el único vicio que le faltaba ». ¡Qué pobre « embastillador », este « tirano » de Napoleón!
¿Y qué decir de su excesiva paciencia ante la constante deslealtad de ese felón de Bernadotte quien acabará por tomar las armas contra Francia con el ejército sueco?
Llegó inclusive a cometer infracciones a la sacrosanta razón de Estado. Así es como, en dos ocasiones, sucumbió ante el dolor de dos mujeres que imploraban a sus pies el perdón de sus maridos, Polignac por el complot Cadoudal, en 1804, y el príncipe de Hatzfeld por felonía en Berlín en 1806.

Clemencia de Napoléon para con la Señora de Hatzfeld
Grabado de Nicolas André Monsiau.
Tras la intercepción de una carta dirigida al príncipe de Hohenlohe, que contenía informes militares, el príncipe de Hatzfeld es condenado a muerte por traición y espionaje.
Al enterarse de la terrible noticia, su esposa, la princesa de Hatzfeld, en ese entonces encinta de ocho meses, logra llegar hasta el gabinete de Napoleón, echándose a sus pies y afirmando que su esposo no está implicado en el complot cuya responsabilidad se le imputa.
El Emperador le muestra entonces la carta que le incrimina, y cuyo contenido es aplastador. Reconociendo la letra de su marido, la princesa rompe en llanto. Conmovido por su dolor, Napoleón le hace entrega del documento y le pide echarlo al fuego, de tal suerte que no exista prueba alguna del crimen y por ende no se le pueda castigar por él.
.
Tenemos un testimonio de este episodio de la pluma del mismo Emperador, en una carta fechada el 6 de noviembre de 1806, y dirigida a la emperatriz Josefina: « (...) Por lo demás verás que fui muy bueno para una que se mostró sensible y buena, la Señora de Hatzfeld.
Cuando le mostré la carta de su marido, me dijo sollozando, con una profunda sensibilidad y cándidamente: “Ah! sí es su escritura”.
Mientras leía, su acento llegaba al alma. Me dio lástima; le dije: “Pues bien Señora, echad esta carta al fuego, ya no seré lo suficientemente poderoso para hacer castigar vuestro marido”.
Quemó la carta, y me pareció bien feliz. Su marido está desde entonces muy tranquilo. Dos horas más tarde, y estaba perdido. Ya ves que me gustan las mujeres buenas, inocentes y dulces; pero es que sólo ellas se parecen a ti
».

Contrariamente a las apariencias y sobre todo a la desinfrmación histórica habitual, la moderación política fue una constante del comportamiento de Napoleón. Ya durante la campaña de Italia, refrenó el extremismo del Directorio, decidido a liquidar a los Habsburgo y al papado. En Campo-Formio, dejó a la corte de Viena una sabia puerta de salida, mientras se mostraba considerado con el Papa en sus Estados de Italia central.
A su accesión al Consulado, su primera preocupación fue evitar todo exceso institucional. Es bien conocido su famoso lema « Ni tacones rojos, ni gorros rojos ». No fue el hombre de la ruptura histórica. El se quería el continuador de la Francia de siempre. El Imperio fue una síntesis de la idea republicana de la Revolución y de la milenaria herencia monárquica del Antiguo Régimen. Y es sorprendente constatar hoy el carácter un tanto monárquico e imperial de la Va República.

Para evitar revoluciones sangrientas, Napoleón no buscó nunca sublevar a los pueblos contra sus déspotas, procedimiento que éstos últimos intentaron en vano contra él. Aun cuando ocupase su capital, no emprendió nunca – con la excepción justificada de los Borbones de Nápoles – derrocar sus viejas monarquías absolutas. El estado de servidumbre, es decir de semiesclavitud, al que la arrogante aristocracia de San Petersburgo sometía al campesinado ruso, hubiera no obstante justificado una campaña de liberación social.
Podemos afirmar que la causa primera de la caída final de Napoleón se debe sin duda a su excesiva benevolencia para con las dinastías reinantes. De hecho se roía los puños por ello en Santa Helena: « Aunque en nombre de los soberanos se me haya proclamado « moderno Atila », « Robespierre a caballo », todos saben mejor en el fondo de su corazón que ellos descienden de él. ¡Si yo lo hubiera sido, tal vez reinaría aún, pero ellos, bien seguramente y desde hace mucho, no reinarían más! ».

En todas las guerras que le fueron impuestas, Napoleón dio muestra de una moderación que tendríamos derecho de reprocharle. Más de una vez sucedió que no acabase una victoria, con tal de detener la efusión de sangre, creyendo cándidamente que el enemigo le estaría agradecido por su clemencia. Así sucedió por ejemplo en Austerlitz, Friedland, Wagram, la Moskova, Bautzen. En las negociaciones de Tilsit después de Friedland, no se distinguía quien hablaba como vencedor y quien como vencido. La suspensión de armas acordada a los coaligados tras la victoria de Bautzen fue un evidente pacto leonino.

Por horror de la violencia, Napoleón abdicó en dos ocasiones en 1814 y 1815 para preservar de los horrores de la guerra civil y extranjera al pueblo que permanecía fiel y ardientemente decidido a continuar la defensa del país.

¿Acaso es este el retrato del « ogro sanguinario » que una horrorosa propaganda se ha dedicado tan afanosamente a representar?

* En lo que concierne a las vejaciones y ataques discriminatorios dirigidos a Napoleón, recordemos el comentario edificante del diario inglés The Morning Post, que describía a Napoleón como « un ser imposible de clasificar, medio africano, medio europeo, un mulato mediterráneo ».

Instituto Napoleónico México-Francia, INMF.