
El Instituto Napoleónico
México-Francia orgullosamante presenta:
CRÓNICAS
DEL CONSULADO
Primera
Parte |
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Una mirada a la
historia verdadera del Emperador Napoleón
I, de su obra y de su legado
| EL
CONCORDATO O LA PAZ DE LAS ALMAS |
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Alegoría
del Concordato de 1802
El paganismo se prosterna
ante la luz de la Religión.
Autor anónimo. |
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«
El Napoleón del
concordato, es el Napoleón
realmente grande, ilustrado,
guiado por su genio
». |
Talleyrand.
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Se
ha glosado a tontas y a locas acerca de la
singular relación de Napoleón
con la religión y del acto
capital del Concordato,
que consagra la paz religiosa del país
poniendo fin al sangriento trauma de la Constitución
Civil del Clero.
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En Santa
Helena, el Emperador se explayó
largamente con Las Cases sobre su sentimiento
religioso. Educado en la religión
Católica, nunca se le ocurrió
renegarla en nada. Las primeras palabras
de su testamento serán para afirmar
esta fidelidad de conciencia. «
Muero
en la religión apostólica
y romana, en cuyo seno he nacido
».
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Si
se abstuvo a lo largo de toda su vida
de toda práctica religiosa asidua,
no fue por ateísmo, ya que «
todo sobre
la tierra proclama la existencia de
Dios », afirmaba,
sino bajo la influencia del racionalismo
discutible de ciertos filósofos
pre-revolucionarios. Indubitablemente,
desconfió de un cierto clero
cuyo comportamiento hipócrita
constituía una grave ofensa para
la fe.
De cara a las dificultades de la vida
y a la angustia metafísica, para
un individuo, concederá que «
el sentimiento
religioso es tan consolador que es una
bendición del cielo poseerlo
(…) El
ateismo es destructor de toda moral,
si no en los individuos, al menos en
las naciones ».
Como
Jefe de Estado, consideró la
religión
bajo un ángulo más político
que espiritual. «Era
a mi manera de ver el apoyo de la buena
moral, de los verdaderos principios,
de las buenas costumbres».
Nunca cejó para darle todo su
lugar en la sociedad, pero sólo
su lugar, y sin favoritismos por ninguna
de las confesiones.
Su experiencia egipcia no hizo más
que confortarlo en lo bien fundado de
esta concepción política
de la religión. A fin de cuentas,
su aparente ateismo le sirvió
cuando se trató de arbitrar entre
facciones religiosas. No se puede ser
juez y parte. |
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Libro de plegarias
del joven Napoléon
durante sus estudios en Briena,
titulado Heures Royales
(«Horas Reales»). |
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A su llegada
al mando, la cuestión religiosa sigue
desgarrando a Francia. Las convulsiones violentas
provocadas por la Constitución Civil
del Clero persisten, como fue ya evocado a
propósito de la chuanería.
Para reconciliar también a los franceses
sobre este delicado asunto, es importante
acabar de una buena vez y lo antes posible
con esta querella perniciosa.
Evidentemente,
esta no es la primera vez que Francia es desgarrada
por las guerras de religión, especialmente
desde el cisma luterano del siglo XVI. La
oposición entre el poder temporal del
Rey y el poder espiritual del Papa remonta
a la Edad Media. Este fenómeno concierne
a todos los grandes reinos. En Inglaterra
lleva el nombre de anglicanismo, en Francia
de galicanismo. Antes de proseguir, no es
inútil efectuar un breve recuento de
las relaciones tormentosas entre Francia y
la Santa Sede.
El antagonismo entre la realeza y el papado
vivió múltiples fluctuaciones
a lo largo de los siglos. La primera manifestación
significativa del galicanismo opone violentamente
a Felipe el Hermoso al Papa Bonifacio VIII
en 1303. El « Rey de hierro
» pone fin a las ambiciones teocráticas
de Roma. El papado pasa a estar inclusive
bajo la influencia del Rey de Francia quien
lo instala en Aviñón.
En ocasión de la guerra de Cien Años,
la influencia de Roma vuelve a poder más
que la Casa Real. En 1438, el Rey y el clero
de Francia aceptan en virtud de la «
pragmática sanción de Bourges
» las decisiones del Concilio de Basilea.
Los capítulos y los conventos recobran
el derecho de elección de los obispos
y de los clérigos.
El Concordato de 1516 marca una nueva victoria
del galicanismo real. La nominación
por el Rey a los beneficios mayores se convierte
en una institución legal.
El Concilio de Trento de 1563 constituye un
regreso de la dominación de la autoridad
pontifical.
A
partir de 1635, el galicanismo remonta
la pendiente bajo la influencia de Richelieu,
esperando convertirse en el «
Patriarca de las Galias y de Occidente
».
La autoridad soberana de los reyes de
Francia sobre la Iglesia nacional es
restablecida bajo Luis XIV quien se
opone violentamente a Roma a propósito
de la Regalía. La Regalía
es el « derecho del Rey a percibir
los ingresos de una sede episcopal vacante
y de designar los beneficios y prebendas
que de ella dependen ».
La asamblea general del clero francés
de 1680 se pone del lado del Rey. Reprochando
a Roma su ingerencia en los asuntos
de la Iglesia de Francia en violación
al Concordato de 1516, proclama oficialmente
las « Libertades de la Iglesia
galicana », redactadas por
Bossuet. El poder temporal sobre la
Iglesia de Francia pertenece al Rey.
El Soberano Pontífice ya no conserva
más que el poder espiritual.
Se está cerca de la ruptura.
Enseguida, la oposición galicana
se atenúa un poco hasta la Revolución.
¡Último avatar del galicanismo,
la Constitución Civil del Clero
de 1790, consagra la ruptura con el
papado!
En este
principio de año 1800, una total
anarquía reina en la Iglesia
de Francia. Ciertamente, ya no está
sometida al terror revolucionario, pero
se encuentra en un estado lastimoso.
Ya no existen más que 45 diócesis
de las 135 de antaño. Las vocaciones
sacerdotales se hacen muy raras. Muchos
sacerdotes han sido guillotinados por
haberse rehusado a jurar fidelidad a
la Constitución Civil del Clero.
Los Católicos tradicionales desprecian
a los sacerdotes « juramentados
», que Roma no reconoce. La población
en su conjunto ya no sabe a qué
santo encomendarse, no está de
más decirlo. |
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| El
Cardenal de Richelieu
(1585-1642)
Por
Philippe de Champaigne (1602-74)
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Aparentándose
a la cuadratura del círculo, el problema
que debe resolver el Primer Cónsul
consiste en lograr una triple reconciliación:
el clero con sí mismo, los franceses
con su religión, y el conjunto con
Roma.
Bonaparte rechaza de inicio la tentación
nacionalista de proclamarse jefe de una iglesia
galicana independiente, a manera de un Enrique
VIII de Inglaterra en 1534. No siente ninguna
inclinación por las rupturas históricas
brutales, máxime que ésta es
contraria a sus convicciones y no corresponde
a la mentalidad dominante de los franceses,
tradicionalmente vinculados al papado.
Necesita imperativamente lograr un acuerdo
general con el Papa Pío VII, pero a
condición que éste acepte, como
precio de la reintegración de los Católicos
franceses a la Iglesia romana, la renunciación
a los bienes de la Iglesia de Francia transformados
en bienes nacionales, y la renovación
completa del episcopado francés. De
hecho, esta última medida sobreentiende
el derecho para el Primer Cónsul de
nominación de los obispos.
Para obtener del Papa estas enormes concesiones,
la partida será larga, áspera,
esmaltada de múltiples incidentes que
rozan la ruptura, en una especie de póquer
embustero. Por si fuera poco, no será
fácil convencer a los nostálgicos
de la revolución de la necesidad del
regreso oficial de la religión. Los
generales en estado de paro técnico
resultarán ser los más coriáceos.
Para preparar
el terreno, Bonaparte toma algunas medidas
de tolerancia desde su accesión al
poder. Hace volver a abrir todos los lugares
de culto a los fieles, cualquiera que sea
su pertenencia religiosa. Restaura la libertad
de culto por el tratado de pacificación
de la Vendea. Restablece en sus funciones
a los sacerdotes refractarios, lo que provoca
algunas fricciones con los sacerdotes constitucionales.
Estimula el abandono del « culto decadario
» de la Revolución en provecho
del « culto Católico ».
Como prueba espectacular de sus excelentes
disposiciones hacia Roma, expide el 18 de
enero de 1800 un decreto destinado a rendir
los honores militares a los restos mortales
de Pío VI, que falleciera prisionero
del Directorio, en Valence.
Al embajador de España,
Labrador, le encomienda Talleyrand
ir a hacer las primeras negociaciones
con Pío VII, muy recientemente
elegido Papa. Pero la guerra de Italia
brinda poco después al Primer
Cónsul la ocasión de
encargarse él mismo de eso.
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«
Retrato de François
Cacault, senador
»
Óleo de Jacob Henry
Sablet (1749-1803). |
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La
victoria de Marengo
refuerza su autoridad sobre los ateos
de París y le permite ejercer
una presión militar sobre la
corte romana. Puede permitirse la iniciativa
y la sorpresa, factores de éxito
en la política como en la guerra.
En Milán, la victoria da lugar
a un grandioso Te Deum en la catedral
del Domo. Todo el clero recibe al vencedor
en la entrada y le conduce en majestad
al lugar de honor.
Durante la recepción de los sacerdotes
italianos que sigue, Bonaparte se dirige
a ellos en términos muy alentadores,
propalados sin falta a quien corresponda:
« Ninguna
sociedad puede existir sin moral. No
hay buena moral sin religión.
Luego no hay más que la religión
que dé al Estado un apoyo fuerte
y durable. Una sociedad sin religión
es como un navío sin brújula…».
El mensaje no puede ser más claro.
En el camino de regreso a Francia, se
detiene en Verceil, donde se dio cita
con el cardenal Martiniani,
quien tiene sus entradas en la Santa
Sede. A sabiendas de que lo comunicará
al Papa, se confía a él
en cuanto a su proyecto de restauración
del catolicismo en Francia bajo la autoridad
espiritual del Santo Padre, en las condiciones
generales evocadas más arriba.
A cambio, se compromete a emplear su
poder para restablecer la comprometida
soberanía del Papa en sus estados.
Desde
su llegada a París, el Primer
Cónsul percibe las primeras señales
de la oposición interna que tendrá
que superar. Tiene que hacer una puesta
a punto el primero de agosto de 1800
ante el Consejo de Estado: « Mi
política es gobernar a los hombres
como la mayoría quiere serlo.
Esa es la manera de reconocer la Soberanía
del pueblo. Fue haciéndome Católico
como gané la guerra de Vendea,
haciéndome musulmán como
me establecí en Egipto, haciéndome
ultramontano como me gané las
mentalidades en Italia. Si gobernase
al pueblo judío, restablecería
el templo de Salomón.
».
Estas pocas líneas contienen
toda la filosofía política
de Napoleón. Enrique IV no procedió
de otra manera con su « ¡París
bien vale una misa! ». |
Papa lleno
de bondad, inclinado más a lo espiritual
que a lo temporal, Pío VII recibe desfavorablemente
las propuestas de Bonaparte y vacila por largo
tiempo. Concibe mal las concesiones de carácter
espiritual a cambio de garantías de
poder temporal. Pero termina por resignarse
y negociar. Se inclina igualmente por la elección
del lugar de las negociaciones, París
y no Roma.
El negociador del Papa, Monseñor Spina,
no llega a París hasta el 6 de noviembre
de 1800. Para representarlo, el Primer Cónsul
escoge al abate Bernier,
fino diplomático al borde de la duplicidad,
pero muy competente en la materia, y que acaba
de brindar eminentes servicios en la cuestión
de la Vendea. Para no herir la susceptibilidad
del Papa, lo ha preferido a él en vez
de Talleyrand, antiguo obispo que colgó
los hábitos y vive en concubinato.
Complicadas por las intrigas de Talleyrand
y de Fouché, las negociaciones no acaban
nunca, al no estar Spina habilitado para decidir.
Se despacha entonces a la Santa Sede un diplomático
de calidad, Francisco Cacault,
que lleva la directiva de hacer firmar al
Papa dentro de los cinco días. Ante
su negativa, el hábil Cacault obtiene
del Papa el envío de un mandatario
a París, en la persona del Cardenal
Consalvi, recibido el 22
de junio con las más altas deferencias.
Consalvi se muestra tan firme como Spina.
José Bonaparte toma entonces la dirección
de la negociación, secundado por Bernier.
El 14 de julio,
el Primer Cónsul se opone brutalmente
a un proyecto de acuerdo que contiene demasiadas
concesiones francesas. Fuerza entonces las
cosas para acabar de una vez. Apostrofa públicamente
a Consalvi esa misma noche, durante una cena
oficial ofrecida en las Tullerías :
« ¡Pues
bien, Señor Cardenal, queréis
romper! Sea. No tengo necesidad del Papa.
Si Enrique VIII, que no tenía la vigésima
parte de mi poder, supo cambiar la religión
de su país y tuvo éxito en ese
proyecto, mejor aun lo sabré hacer
yo. Al cambiar la religión en Francia,
la cambiaré en casi toda Europa. Roma
se dará cuenta entonces de las pérdidas
que habrá tenido. Llorará por
ellas pero no habrá más remedio.
Podéis iros, es lo mejor que os queda
por hacer. Habéis querido romper, pues
bien, sea, puesto que lo habéis deseado.
»
La consternación es general en la asistencia.
Se suplica a Bonaparte dar una última
oportunidad a la negociación, especialmente
el embajador de Austria Cobenzl. Accede en
forma de ultimátum: « Consiento
que mañana se reúnan los comisarios
por última vez. Si se separan sin concluir,
la ruptura será considerada definitiva
y el Cardenal podrá irse
».
Esta amenaza de un cisma galicano, pone un
término a la negociación como
por acto de magia. El Concordato es firmado
en la noche del 15 al 16 de julio de 1801.
Francia se vuelve a convertir en la
hija mayor de la Iglesia.
 |
«
Firma del Concordato
entre Francia y la Santa Sede, el
15 de julio de 1801
»
Lavado bistre y realces de blanco
por el barón François
Pascal Simon Gérard
(1770-1837). |
|
Frente al
Consejo de Estado insatisfecho, el Primer
Cónsul no hace más que este
simple comentario: « El
Concordato no es el triunfo de ningún
partido sino la consolidación de todos
».
Sin entrar
en los detalles, las principales cláusulas
del Concordato constituyen un compromiso razonable
entre los derechos de la Iglesia, las ideas
de la Revolución y el galicanismo del
Antiguo Régimen.
La religión Católica ya no es
religión de Estado sino « la
religión de la mayoría de los
franceses ». Los obispos y los sacerdotes
son nombrados por el gobierno, dando enseguida
el Papa su investidura. El clero obedece a
las directivas del Papa pero debe también
prestar juramento al gobierno que lo retribuye.
No se hace marcha atrás en la cuestión
de la venta de los bienes de la Iglesia.
Como si nada, con el Concordato Bonaparte
acaba de plantear las bases de la laicidad,
principio de toda sociedad moderna.
En Roma, el
Papa firma el tratado el 15 de agosto, después
de haber obtenido por escaso margen la aprobación
de la congregación cardenalicia. El
Primer Cónsul firma por su parte el
8 de septiembre.
Para hacer que el tratado sea aplicable también
a los dos cultos protestantes, se lo completa
en los días siguientes con artículos
orgánicos, una especie de decretos
de aplicación. El Papa se altera porque
refuerzan el aspecto galicano del acuerdo,
pero no insiste.
La
historia del Concordato comportaría
una gran laguna si omitiéramos
evocar la cuestión
judía. Por doquier
en Europa, los Judíos eran
considerados como parias, sometidos
a un degradante régimen de
apartheid en los ghettos. En Francia,
la Revolución había
atenuado un poco la dureza de su tratamiento
discriminatorio.
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 |
«
El Cardenal Ercole Consalvi
» (1757-1824)
Mezzotinta de Sir Thomas Lawrence
(1769-1830) |
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Fue en Italia, durante la primera guerra,
donde Bonaparte tomó realmente
conciencia de su infortunio y de la
necesidad de devolverles su dignidad.
En la medida de su poder, se dedica
entonces a mejorar su suerte localmente.
Poco se sabe que ante San Juan de Acre
en abril de 1799, estuvo a punto de
realizar el acto capital de la creación
de un Estado judío en Palestina,
150 años antes de la fundación
del Estado de Israel. Solo el fracaso
militar le impidió concretar
ese proyecto que tal vez hubiese cambiado
la faz del mundo.
Durante las negociaciones concordatarias,
se esforzó en vano por extender
al culto israelita medidas de tolerancia
y de reconciliación acordadas
a las religiones cristianas. Se topa
con una insuperable hostilidad, en Francia
y en el extranjero. Debe dejar para
más tarde lo que considera como
el coronamiento de su obra de justicia
social y religiosa.
Al imponerse su autoridad enseguida,
podrá permitirse en julio de
1806 convocar en París a una
asamblea de judíos entre los
más distinguidos de Francia,
con vistas a elaborar medidas a favor
de su comunidad.
El 9
de febrero de 1807, reúne con
gran solemnidad en París al Gran
Sanedrín, asamblea religiosa
suprema del pueblo hebreo. Este organismo
había gobernado Israel de 170
antes de Jesucristo hasta 70 DC. Nunca
más se había reunido desde
entonces. Napoleón debe superar
una feroz oposición nacional
e internacional, en especial por parte
del Zar de Rusia y de la iglesia ortodoxa.
Suerte de Concordato judío, las
resoluciones del Gran Sanedrín
de 1807 hacen del judaísmo el
tercer culto oficial de Francia. Constituyen
aún hoy el fundamento del judaísmo
francés.
Por
desgracia se ve obligado en 1808, después
de Tilsit, por imperativos de política
exterior e interior, de restringir las
libertades acordadas a los judíos.
Pero a lo largo de los años siguientes,
las restablece progresivamente en su
integridad. En 1811, la religión
judía es reconocida como una
de las tres religiones de Francia. En
el Imperio, todos los judíos
cuentan igualmente con el beneficio
de las medidas de libertad otorgadas
a sus correligionarios franceses. |
La política
de tolerancia de Napoleón a favor de
los judíos acrecentó contra
él la hostilidad de Roma y de la iglesia
Católica con fatales consecuencias
políticas. Como lo veremos más
lejos, esta oposición tomó una
forma paroxística en España.
Calificándole de « anticristo
», un clero local, tan fanatizado como
obscurantista, predicó contra él
una espantosa guerra Santa.
Primer Jefe
de Estado en realizar una política
de integración de los judíos,
pagó por ello un precio exorbitante.
Tras su caída, los judíos van
a volver a encontrar por doquier sus humillantes
condiciones de vida. No recuperarán
sus derechos hasta 1830 en Francia, y mucho
más tarde en Europa.
Regresemos
al Concordato. Después de ser firmado,
queda por hacer aceptar el tratado a las cámaras
en vista de su promulgación. En el
Cuerpo Legislativo, la oposición es
mayoritaria. Hace falta esperar una oportuna
renovación de una parte de los miembros
de esta asamblea para presentarle el conjunto
de los textos en forma de una Ley
sobre los cultos, llamada ley de
germinal año X. Brillantemente informada
a la asamblea por Portalis, es adoptada el
8 de abril de 1802 por una aplastante mayoría
de 228 voces contra 21.
En testimonio de gratitud hacia la Iglesia,
el Primer Cónsul decide volver a poner
bajo la protección de Francia el Santo
Sepulcro de Jerusalén, las iglesias
de Constantinopla y a todos los Cristianos
de Siria.
Concreta su agradecimiento a Pío VII
por medio del envío de dos navíos,
« el Colibrí » y «
el Speedy », vueltos a bautizar «
San Pedro » y « San Pablo »,
como es debido.
Escoge la fecha simbólica de Pascua,
fiesta de la Resurrección de Cristo,
el 18 de abril de 1802, para celebrar solemnemente
la promulgación del Concordato. Un
grandioso Te Deum se lleva a cabo en Nuestra
Señora de París en un gran fasto
litúrgico. Por primera vez desde hace
diez años, los parisinos oyen repicar
en la emoción general la campana mayor
de Nuestra Señora. ¡Y, coincidencia
de las más afortunadas, ese mismo día
se festeja también la paz de Amiens!
|
Ese
18 de abril de 1802 cuenta entre las
grandes fechas de la Historia de Francia.
La paz de las armas, la paz de los corazones,
la paz de los valientes y la paz de
los espíritus reinan por fin
conjuntamente en el país, después
de un sangriento eclipse de trece años.
Pero
en el firmamento nuevamente sereno,
una nube ensombrece la felicidad de
Bonaparte. En sus esfuerzos patéticos
de apaciguamiento religioso, lo que
se ha convenido llamar las élites
del país le han opuesto más
resistencia pasiva que el mismo papado.
La alta jerarquía militar ha
calificado el Concordato de «
santurronería ». El microcosmos
ha manifestado una inquietante miopía
política, a menos que haya hecho
pasar su interés particular antes
que el interés general.
Pocos jerarcas políticos midieron
en su tiempo la importancia determinante
del Concordato, especie de nuevo Edicto
de Nantes. Sin embargo no escapó
a la perspicacia de Talleyrand quien
dará más tarde un testimonio
favorable, pase por una vez: «
Cuando en 1802, Napoleón
restableció el culto en Francia,
no solo hizo acto de justicia, sino
también de gran habilidad. El
Napoleón del Concordato, es el
Napoleón realmente grande, guiado
por su genio ».
Más tarde, algunas otras mentes
lúcidas no vacilarán en
calificar al Concordato de monumento
político y de obra maestra diplomática.
En definitiva,
por su tolerancia religiosa
sin precedente en un jefe de
estado, Napoleón introdujo valientemente
la libertad religiosa
en Francia, haciéndola entrar
en la modernidad cultual.
No se imaginaba que un día se
lo harían pagar caro...
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El
abate Étienne-Alexandre
Bernier
(1762-1806), por de Philippoteaux. |
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Pero esta
Francia por fin apaciguada por la acción
inteligente y generosa de Bonaparte, sigue
estando huérfana de su pasado sobre
las ruinas humeantes de la Revolución.
Una inmensa obra de refundación espera
al Primer Cónsul.

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