Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.

El Instituto Napoleónico México-Francia orgullosamente presenta:

CRÓNICAS DEL CONSULADO

Segunda Parte

Una mirada a la historia verdadera del Emperador Napoleón I, de su obra y de su legado

EL CONCORDATO O LA PAZ DE LAS ALMAS
 
Alegoría del Concordato de 1802
El paganismo se prosterna ante la luz virginal de la religión y de las santas escrituras. Obra de la época por un autor anónimo.
 
« El Napoleón del Concordato, es el Napoleón realmente grande, ilustrado, guiado por su genio ».
Talleyrand.

Se ha glosado a tontas y a locas acerca de la singular relación de Napoleón con la religión y del acto capital del Concordato, que consagra la paz religiosa del país poniendo fin al sangriento trauma de la Constitución Civil del Clero.

En Santa Helena, el Emperador se explayó largamente con Las Cases sobre su sentimiento religioso. Educado en la religión Católica, nunca se le ocurrió renegarla en nada. Las primeras palabras de su testamento serán para afirmar esta fidelidad de conciencia. « Muero en la religión apostólica y romana, en cuyo seno he nacido ».

Desde un punto de vista personal, si se abstuvo a lo largo de toda su vida de toda práctica religiosa asidua, no fue por ateísmo, ya que « todo sobre la tierra proclama la existencia de Dios », afirmaba, sino bajo la influencia del racionalismo discutible de ciertos filósofos pre-revolucionarios. Indubitablemente, desconfió de un cierto clero cuyo comportamiento hipócrita constituía una grave ofensa para la fe.
De cara a las dificultades de la vida y a la angustia metafísica, para un individuo, el Emperador concederá que « el sentimiento religioso es tan consolador que es una bendición del cielo poseerlo (…) El ateismo es destructor de toda moral, si no en los individuos, al menos en las naciones ».

Ahora, como Jefe de Estado, consideró la religión bajo un ángulo más político que espiritual. «Era a mi manera de ver el apoyo de la buena moral, de los verdaderos principios, de las buenas costumbres». Nunca cejó para darle todo su lugar en la sociedad, pero sólo su lugar, y sin favoritismos por ninguna de las confesiones.
Su experiencia egipcia no hizo más que confortarlo en lo bien fundado de esta concepción política de la religión. A fin de cuentas, su oficial y aparente ateismo le sirvió cuando se trató de arbitrar entre facciones religiosas. No se puede ser juez y parte.

Libro de plegarias del joven Napoléon durante sus estudios en Briena, titulado Heures RoyalesHoras Reales»).

A su llegada al mando, la cuestión religiosa sigue desgarrando a Francia. Las convulsiones violentas provocadas por la Constitución Civil del Clero persisten, como fue ya evocado a propósito de la chuanería. Para reconciliar también a los franceses sobre este delicado asunto, es importante acabar de una buena vez y lo antes posible con esta querella perniciosa.

Evidentemente, esta no es la primera vez que Francia es desgarrada por las guerras de religión, especialmente desde el cisma luterano del siglo XVI. La oposición entre el poder temporal del Rey y el poder espiritual del Papa remonta a la Edad Media. Este fenómeno concierne a todos los grandes reinos. En Inglaterra lleva el nombre de anglicanismo, en Francia de galicanismo. Antes de proseguir, no es inútil efectuar un breve recuento de las relaciones tormentosas entre Francia y la Santa Sede.
El antagonismo entre la realeza y el papado vivió múltiples fluctuaciones a lo largo de los siglos. La primera manifestación significativa del galicanismo opone violentamente a Felipe el Hermoso al Papa Bonifacio VIII en 1303. El « Rey de hierro » pone fin a las ambiciones teocráticas de Roma. El papado pasa a estar inclusive bajo la influencia del Rey de Francia quien lo instala en Aviñón.
En ocasión de la guerra de Cien Años, la influencia de Roma vuelve a poder más que la Casa Real. En 1438, el Rey y el clero de Francia aceptan en virtud de la « pragmática sanción de Bourges » las decisiones del Concilio de Basilea. Los capítulos y los conventos recobran el derecho de elección de los obispos y de los clérigos.
El Concordato de 1516 marca una nueva victoria del galicanismo real. La nominación por el Rey a los beneficios mayores se convierte en una institución legal.
El Concilio de Trento de 1563 constituye un regreso de la dominación de la autoridad pontifical.

A partir de 1635, el galicanismo remonta la pendiente bajo la influencia de Richelieu, esperando convertirse en el « Patriarca de las Galias y de Occidente ».
La autoridad soberana de los reyes de Francia sobre la Iglesia nacional es restablecida bajo Luis XIV quien se opone violentamente a Roma a propósito de la Regalía. La Regalía es el « derecho del Rey a percibir los ingresos de una sede episcopal vacante y de designar los beneficios y prebendas que de ella dependen ».
La asamblea general del clero francés de 1680 se pone del lado del Rey. Reprochando a Roma su ingerencia en los asuntos de la Iglesia de Francia en violación al Concordato de 1516, proclama oficialmente las « Libertades de la Iglesia galicana », redactadas por Bossuet. El poder temporal sobre la Iglesia de Francia pertenece al Rey. El Soberano Pontífice ya no conserva más que el poder espiritual. Se está cerca de la ruptura. Enseguida, la oposición galicana se atenúa un poco hasta la Revolución. ¡Último avatar del galicanismo, la Constitución Civil del Clero de 1790, consagra la ruptura con el papado!

En este principio de año 1800, una total anarquía reina en la Iglesia de Francia. Ciertamente, ya no está sometida al terror revolucionario, pero se encuentra en un estado lastimoso. Ya no existen más que 45 diócesis de las 135 de antaño. Las vocaciones sacerdotales se hacen muy raras. Muchos sacerdotes han sido guillotinados por haberse rehusado a jurar fidelidad a la Constitución Civil del Clero. Los Católicos tradicionalistas desprecian a los sacerdotes « juramentados », que Roma no reconoce. La población en su conjunto ya no sabe a qué santo encomendarse, no está de más decirlo.

El Cardenal de Richelieu (1585-1642)  Por Philippe de Champaigne (1602-74)

Aparentándose a la cuadratura del círculo, el problema que debe resolver el Primer Cónsul consiste en lograr una triple reconciliación: el clero con sí mismo, los franceses con su religión, y el conjunto con Roma.
Bonaparte rechaza de inicio la tentación nacionalista de proclamarse jefe de una iglesia galicana independiente, a manera de un Enrique VIII de Inglaterra en 1534. No siente ninguna inclinación por las rupturas históricas brutales, máxime que ésta es contraria a sus convicciones y no corresponde a la mentalidad dominante de los franceses, tradicionalmente vinculados al papado.
Necesita imperativamente lograr un acuerdo general con el Papa Pío VII, pero a condición que éste acepte, como precio de la reintegración de los Católicos franceses a la Iglesia romana, la renunciación a los bienes de la Iglesia de Francia transformados en bienes nacionales, y la renovación completa del episcopado francés. De hecho, esta última medida sobreentiende el derecho para el Primer Cónsul de nominación de los obispos.
Para obtener del Papa estas enormes concesiones, la partida será larga, áspera, esmaltada de múltiples incidentes que rozan la ruptura, en una especie de póquer embustero. Por si fuera poco, no será nada fácil convencer a los nostálgicos de la revolución de la necesidad del regreso oficial de la religión. Los generales en estado de paro técnico resultarán ser los más coriáceos.

Para preparar el terreno, Bonaparte, desde su accesión al poder, toma algunas medidas de tolerancia y de total ruptura con las exacciones revolucionarias previas: hace volver a abrir todos los lugares de culto a los fieles, cualquiera que sea su pertenencia religiosa; restaura la libertad de culto por el tratado de pacificación de la Vendea; restablece en sus funciones a los sacerdotes refractarios, lo que provoca algunas fricciones con los sacerdotes constitucionales; estimula el abandono del « culto decadario » de la Revolución en provecho del « culto Católico ». Como prueba espectacular de sus excelentes disposiciones hacia Roma, expide el 18 de enero de 1800 un decreto destinado a rendir los honores militares a los restos mortales del dulce Pío VI, que falleciera prisionero del Directorio revolucionario, en Valence.

Al embajador de España, Labrador, le encomienda Talleyrand ir a hacer las primeras negociaciones con Pío VII, muy recientemente elegido Papa. Pero la guerra de Italia brinda poco después al Primer Cónsul la ocasión de encargarse él mismo de eso.

« Retrato de François Cacault, senador »
Óleo de Jacob Henry Sablet (1749-1803).

La victoria de Marengo refuerza su autoridad sobre los ateos de París y le permite ejercer una presión militar sobre la corte romana. Puede permitirse la iniciativa y la sorpresa, factores de éxito en la política como en la guerra.
En Milán, la victoria da lugar a un grandioso Te Deum en la catedral del Domo. Todo el clero recibe al vencedor en la entrada y le conduce en majestad al lugar de honor.
Durante la recepción de los sacerdotes italianos que sigue, Bonaparte se dirige a ellos en términos muy alentadores, propalados sin falta a quien corresponda: «Ninguna sociedad puede existir sin moral. No hay buena moral sin religión. Luego no hay más que la religión que dé al Estado un apoyo fuerte y durable. Una sociedad sin religión es como un navío sin brújula…». El mensaje no puede ser más claro.
En el camino de regreso a Francia, se detiene en Verceil, donde se dio cita con el cardenal Martiniani, quien tiene sus entradas en la Santa Sede. A sabiendas de que lo comunicará al Papa, se confía a él en cuanto a su proyecto de restauración del catolicismo en Francia bajo la autoridad espiritual del Santo Padre, en las condiciones generales evocadas más arriba. A cambio, se compromete a emplear su poder para restablecer la comprometida soberanía del Papa en sus estados.

Desde su llegada a París, el Primer Cónsul percibe las primeras señales de la oposición interna que tendrá que superar. Tiene que hacer una puesta a punto el primero de agosto de 1800 ante el Consejo de Estado: « Mi política es gobernar a los hombres como la mayoría quiere serlo. Esa es la manera de reconocer la Soberanía del pueblo. Fue haciéndome Católico como gané la guerra de Vendea, haciéndome musulmán como me establecí en Egipto, haciéndome ultramontano como me gané las mentalidades en Italia. Si gobernase al pueblo judío, restablecería el templo de Salomón. ».
Estas pocas líneas contienen toda la filosofía política de Napoleón. Enrique IV no procedió de otra manera con su « ¡París bien vale una misa! ».

Papa lleno de bondad, inclinado más a lo espiritual que a lo temporal, Pío VII recibe desfavorablemente las propuestas de Bonaparte y vacila por largo tiempo. Concibe mal las concesiones de carácter espiritual a cambio de garantías de poder temporal. Pero termina por resignarse y negociar. Se inclina igualmente por la elección del lugar de las negociaciones, París y no Roma.
El negociador del Papa, Monseñor Spina, no llega a París hasta el 6 de noviembre de 1800. Para representarlo, el Primer Cónsul escoge al abate Bernier, fino diplomático al borde de la duplicidad, pero muy competente en la materia, y que acaba de brindar eminentes servicios en la cuestión de la Vendea. Para no herir la susceptibilidad del Papa, lo ha preferido a él en vez de Talleyrand, antiguo obispo que colgó los hábitos y vive en concubinato.
Complicadas por las intrigas de Talleyrand y de Fouché, las negociaciones no acaban nunca, al no estar Spina habilitado para decidir. Se despacha entonces a la Santa Sede un diplomático de calidad, Francisco Cacault, que lleva la directiva de hacer firmar al Papa dentro de los cinco días. Ante su negativa, el hábil Cacault obtiene del Papa el envío de un mandatario a París, en la persona del Cardenal Consalvi, recibido el 22 de junio con las más altas deferencias.
Consalvi se muestra tan firme como Spina. José Bonaparte toma entonces la dirección de la negociación, secundado por Bernier.

El 14 de julio, el Primer Cónsul se opone brutalmente a un proyecto de acuerdo que contiene demasiadas concesiones francesas. Fuerza entonces las cosas para acabar de una vez. Apostrofa públicamente a Consalvi esa misma noche, durante una cena oficial ofrecida en las Tullerías: « ¡Pues bien, Señor Cardenal, queréis romper! Así sea. No tengo necesidad del Papa. Si Enrique VIII, que no tenía la vigésima parte de mi poder, supo cambiar la religión de su país y tuvo éxito en ese proyecto, mejor aún lo sabré hacer yo. Al cambiar la religión en Francia, la cambiaré en casi toda Europa. Roma se dará cuenta entonces de las pérdidas que habrá tenido. Llorará por ellas pero no habrá más remedio. Podéis iros, es lo mejor que os queda por hacer. Habéis querido romper, pues bien, así sea, puesto que lo habéis deseado. »
La consternación es general en la asistencia. Se suplica a Bonaparte dar una última oportunidad a la negociación, especialmente el embajador de Austria Cobenzl. Accede en forma de ultimátum: « Consiento que mañana se reúnan los comisarios por última vez. Si se separan sin concluir, la ruptura será considerada definitiva y el Cardenal podrá irse ».
Esta amenaza de un cisma galicano, pone un término a la negociación como por acto de magia. El Concordato es firmado en la noche del 15 al 16 de julio de 1801. Francia se vuelve a convertir en la hija mayor de la Iglesia.

« Firma del Concordato entre Francia y la Santa Sede, el 15 de julio de 1801 »
Lavado bistre y realces de blanco por el barón François-Pascal-Simon Gérard (1770-1837).

Frente al Consejo de Estado insatisfecho, el Primer Cónsul no hace más que este simple comentario: « El Concordato no es el triunfo de ningún partido sino la consolidación de todos ».

Sin entrar en los detalles, las principales cláusulas del Concordato constituyen un compromiso razonable entre los derechos de la Iglesia, las ideas de la Ilustración y el galicanismo del Antiguo Régimen.
La religión Católica ya no es religión de Estado, sino « la religión de la mayoría de los franceses ». Los obispos y los sacerdotes son nombrados por el gobierno, dando enseguida el Papa su investidura. El clero obedece a las directivas del Papa pero debe también prestar juramento al gobierno que lo retribuye. No se hace marcha atrás en la cuestión de la venta de los bienes de la Iglesia.
Como si nada, con el Concordato, Napoleón acaba de plantear las bases de la laicidad, principio de toda sociedad moderna.

En Roma, el Papa firma el tratado el 15 de agosto, después de haber obtenido por escaso margen la aprobación de la congregación cardenalicia. El Primer Cónsul firma por su parte el 8 de septiembre.
Para hacer que el tratado sea aplicable también a los dos cultos protestantes, se lo completa en los días siguientes con artículos orgánicos, una especie de decretos de aplicación. El Papa se altera porque refuerzan el aspecto galicano del acuerdo, pero no insiste.

La historia del Concordato comportaría una gran laguna si omitiéramos evocar la cuestión judía. Por doquier en Europa, los judíos eran considerados como parias, sometidos a un degradante régimen de apartheid en los ghettos. En Francia, la Revolución había atenuado un poco la dureza de su tratamiento discriminatorio, pero tras un tiempo de relativa calma había reiniciado las persecuciones, dañando los templos y hostigando a los rabinos.

« El Cardenal Ercole Consalvi » (1757-1824)
Mezzotinta de Sir Thomas Lawrence (1769-1830).

Fue en Italia, durante la primera campaña, donde Bonaparte tomó realmente conciencia de su infortunio y de la necesidad de devolverles su dignidad. En la medida de su poder, se dedica entonces a mejorar su suerte localmente.
Poco se sabe que ante San Juan de Acre en abril de 1799, estuvo a punto de realizar el acto capital de la creación de un Estado judío en Palestina, 150 años antes de la fundación del Estado de Israel. Solo el fracaso militar le impidió concretar ese proyecto que tal vez hubiese cambiado la faz del mundo.
Durante las negociaciones concordatarias, se esforzó en vano por extender al culto israelita medidas de tolerancia y de reconciliación acordadas a las religiones cristianas. Se topa con una insuperable hostilidad, en Francia y en el extranjero. Debe dejar para más tarde lo que considera como el coronamiento de su obra de justicia social y religiosa.
Al imponerse su autoridad enseguida, podrá permitirse en julio de 1806 convocar en París a una asamblea de judíos entre los más distinguidos de Francia, con vistas a elaborar medidas en favor de su comunidad.

El 9 de febrero de 1807, reúne con gran solemnidad en París al Gran Sanedrín, asamblea religiosa suprema del pueblo hebreo. Este organismo había gobernado Israel de 170 antes de Jesucristo hasta 70 DC. Nunca más se había reunido desde entonces. Napoleón debe superar una feroz oposición nacional e internacional, en especial por parte del Zar de Rusia y de la iglesia ortodoxa. Suerte de Concordato judío, las resoluciones del Gran Sanedrín de 1807 hacen del judaísmo el tercer culto oficial de Francia. Constituyen aún hoy el fundamento del judaísmo francés.

Por desgracia se ve obligado en 1808, después de Tilsit, por imperativos de política exterior e interior, de restringir las libertades acordadas a los judíos. Pero a lo largo de los años siguientes, las restablece progresivamente en su integridad. En 1811, la religión judía es reconocida como una de las tres religiones de Francia. En el Imperio, todos los judíos cuentan igualmente con el beneficio de las medidas de libertad otorgadas a sus correligionarios franceses.

La política de tolerancia de Napoleón a favor de los judíos acrecentó contra él la hostilidad de Roma y de la iglesia Católica de aquel entonces, con fatales consecuencias políticas. Como lo veremos más lejos, esta oposición tomó una forma paroxística en España. Calificándole de « anticristo », un clero local, tan fanatizado como obscurantista, predicó contra él una espantosa guerra Santa.

Primer Jefe de Estado en realizar una política de integración de los judíos, pagó por ello un precio exorbitante. Tras su caída, los judíos van a volver a encontrar por doquier sus humillantes y vergonzosas condiciones de vida. No recuperarán sus derechos hasta 1830 en Francia, y mucho más tarde en Europa.

Pero regresemos al Concordato.
Después de ser firmado, queda por hacer aceptar el tratado a las cámaras en vista de su promulgación. En el Cuerpo Legislativo, la oposición es mayoritaria. Hace falta esperar una oportuna renovación de una parte de los miembros de esta asamblea para presentarle el conjunto de los textos en forma de una Ley sobre los cultos, llamada ley de germinal año X. Brillantemente informada a la asamblea por Portalis, es adoptada el 8 de abril de 1802 por una aplastante mayoría de 228 voces contra 21.
En testimonio de gratitud hacia la Iglesia, el Primer Cónsul decide volver a poner bajo la protección de Francia el Santo Sepulcro de Jerusalém, las iglesias de Constantinopla y a todos los Cristianos de Siria.
Concreta su agradecimiento Pío VII por medio del envío de dos navíos, « el Colibrí » y « el Speedy », vueltos a bautizar « San Pedro » y « San Pablo », como es debido.
Escoge la fecha altamente simbólica de la Pascua, fiesta de la Resurrección de Cristo, el 18 de abril de 1802, para celebrar solemnemente la promulgación del Concordato. Un grandioso Te Deum se lleva a cabo en Nuestra Señora de París en un gran fasto litúrgico. Por primera vez desde hace diez años, los parisinos oyen repicar en la emoción general la campana mayor de Nuestra Señora, cuyo tañido de ventura se extiende de campanario en campanario, hasta el último pueblo de Francia. ¡Y, coincidencia de las más afortunadas, ese mismo día se festeja también la paz de Amiens!

Ese 18 de abril de 1802 cuenta entre las grandes fechas de la Historia de Francia. La paz de las armas, la paz de los corazones, la paz de los valientes y la paz de los espíritus reinan por fin conjuntamente en el país, después de un sangriento eclipse de trece años. En nuestros tiempos postmodernos, en los que impera un sistema político prácticamente gerontocrático, parece inverosímil que estos logros impresionantes hayan sido la obra de un joven de escasos 31 años de edad; ¿acaso no decía el Primer Cónsul que « ¡El gran arte del gobierno, es no dejar que los hombres envejezcan! »? Entonces, genio de Napoleón brilla en todo su juvenil esplendor.

Sin embargo, en el firmamento nuevamente sereno, una nube ensombrece la felicidad de Bonaparte. En sus esfuerzos patéticos de apaciguamiento religioso, lo que se ha convenido llamar las élites del país le han opuesto más resistencia pasiva que el mismo papado. La alta jerarquía militar ha calificado el Concordato de «santurronería». El microcosmos ha manifestado una inquietante miopía política, a menos que haya hecho pasar su interés particular antes que el interés general.

Pocos jerarcas políticos midieron en su tiempo la importancia determinante del Concordato, especie de nuevo Edicto de Nantes. Sin embargo no escapó a la perspicacia de Talleyrand quien dará más tarde un testimonio favorable, pase por una vez: « Cuando en 1802, Napoleón restableció el culto en Francia, no solo hizo acto de justicia, sino también de gran habilidad. El Napoleón del Concordato, es el Napoleón realmente grande, guiado por su genio ». Más tarde, algunas otras mentes lúcidas no vacilarán en calificar al Concordato de monumento político y de obra maestra diplomática, sin olvidar su elevada dimensión humana.

El abate Étienne-Alexandre Bernier
(1762-1806), por de Philippoteaux.
En definitiva, por su tolerancia religiosa sin precedente en un jefe de estado, Napoleón introdujo valientemente la libertad religiosa en Francia, haciéndola entrar en la modernidad cultual. No se imaginaba que un día se lo harían pagar caro...

Pero esta Francia por fin apaciguada por la colosal acción, inteligente y generosa, del Primer Cónsul Bonaparte, sigue estando huérfana de su pasado sobre las ruinas humeantes de la cruenta revolución francesa. A partir de ahora, una inmensa obra de refundación espera al Primer Cónsul...

Instituto Napoleónico México-Francia, INMF.