Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.

El Instituto Napoleónico México-Francia orgullosamente presenta:

CRÓNICAS DEL CONSULADO

Segunda Parte

Una mirada a la historia verdadera del Emperador Napoleón I, de su obra y de su legado

La pacificación de la Vendea
En diciembre de 1799, una vez extinta la guerra civil y pacificado el oeste de Francia, el Primer Cónsul había ofrecido el perdón a los insurrectos recalcitrantes. Dibujo de Charles Monnet (1732-1808) para la Historia de Francia (1805).
 
LA REDUCCIÓN DE LA CHUANERÍA O LA PAZ DE LOS BRAVOS
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« Haremos de Francia un cementerio antes que no regenerarla a nuestra manera y fallar en el objetivo que nos hemos propuesto ».
General Jean-Baptiste Carrier; Nantes, 1793.

Esta operación es llevada a cabo paralelamente a la restauración de la paz exterior y al perdón de los emigrados, por lo mucho que estas cuestiones están imbricadas.
Por esa razón, es preciso echar un vistazo previo a los antecedentes y al contexto histórico general de la Francia preconsular, para comprender la terrible complejidad y verdadera dimensión de la prodigiosa obra de pacificación y de reconciliación nacional lograda por el Primer Cónsul.

Desde 1792, Francia es víctima de una mortífera guerra civil caracterizada por una campaña de exterminio, al mismo tiempo que de una guerra extranjera.
Los primeros excesos de la Revolución chocan de frente contra los sentimientos de los realistas y religiosos de los medios rurales, en donde los nobles y el clero católico ejercen una fuerte influencia, en particular en el oeste del país, pero también en el centro y sur. La oposición suscitada desde la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789 se desarrolla en relación con la deposición de la monarquía milenaria y la política de descristianización del país.
A partir del 2 de noviembre de 1789, los bienes del clero son « puestos a disposición de la Nación ». El 13 de febrero de 1790, un decreto prohíbe los votos monásticos perpetuos. El 12 de julio de 1790 se produce el acto más hostil hacia la Iglesia católica, el voto de la Constitución Civil del Clero, que literalmente le prende fuego a la pólvora. Los sacerdotes deben jurar fidelidad a la Constitución. Un gran número de ellos se niega. Considerados « fuera de la ley » y arriesgándose a sufrir la pena de muerte, ya sea que emigran o, como lo hemos visto, o se enrolan en la lucha armada junto con los campesinos sublevados.

« Sentinela bretón cuidando un pórtico »
Cuadro de Charles Loyeux (1823-1898)
 
LA CONSTITUCIÓN CIVIL DEL CLERO
No satisfecha con haber nacionalizado los bienes del clero, cerrado los conventos y abolido los votos monásticos, la Asamblea constituyente revolucionaria se dispone a reorganizar la Iglesia, naciendo así la Constitución civil del clero, votada el 12 de julio de 1790; transforma las circunscripciones territoriales eclesiásticas reduciendo de 183 a 38 los obispados en Francia. En añadidura los cambios saldrían del ámbito administrativo al decidirse que los curas serían designados por los electores de los distritos, y los obispos por los de los departamentos; asimismo, la investidura canónica sería dada al obispo por la autoridad metropolitana. Por otro lado, se prohibía estrictamente a los prelados pedir su confirmación al Papa, a quien tan sólo se le informaría el resultado de la elección. En resumen, los obispos y los sacerdotes eran designados y remunerados por el Estado, convirtiéndose así en meros funcionarios. Confrontado a un proyecto de ley tan contrario a sus principios, pero amedrentado y bajo una gran presión, el rey Luis XVI concede su sanción el 24 de agosto de 1790 tras terribles dudas y lamentos; en efecto, a la arbitrariedad de estas medidas se añade que la Asamblea constituyente exige de todos los sacerdotes un juramento de obediencia a la constitución. En marzo de 1791, el Papa Pío VI condena tajantemente dicha constitución resultando de ello una terrible fractura en el cuerpo social, dividido por pasiones políticas primero, y enseguida religiosas. Naturalmente, muchos curas se alinean con el Santo Padre y rechazan el juramento o se retractan del mismo: son los sacerdotes refractarios o no-juramentados; aquellos quienes, bajo amenaza o coacción, se acobardan y se doblegan, son llamados constitucionales o juramentados.
« Los refractarios yendo a la tierra prometida »
Caricatura popular republicana que muestra bajo una óptica satírica la partida del clero refractario y los creyentes fieles a Roma hacia el extranjero, tras la Constitución de 1790.
Este cisma, que marca la ruptura total y definitiva entre los católicos y la revolución, acarreará junto con otras causas graves el desastroso asunto de Varennes y la postrera tragedia de la Familia Real. Las cosas empeoran cuando el 29 noviembre de 1791 la Asamblea legislativa decreta que los curas refractarios serán considerados sospechosos y condenados a muerte; a partir de ese momento iniciarán las persecuciones de los católicos fieles a Roma, que se agravarían todavía más durante el régimen de la Convención y llevarán al « Decreto de despoblación » (1793) y los subsiguientes exterminios de la descristianización de la Francia revolucionaria.

La ineluctable condena papal de la infame Constitución Civil del Clero incita a la rebelión. La Asamblea Constituyente replica con la anexión a Francia de Aviñón, ciudad del Papa. La Asamblea Legislativa organiza la cacería de los « sacerdotes refractarios » con dos decretos especiales del 29 de noviembre de 1791 y del 27 de mayo de 1792. El Rey opone su veto el 11 de junio de 1792. Del 2 al 6 de septiembre tienen lugar en las prisiones las abominables masacres de oponentes, en su mayoría los llamados « ci-devant » (hasta aquí nobles) y religiosos, la mácula más sangrienta de la Revolución. El 20 de septiembre siguiente, son instituidas la laicización del Estado Civil y el divorcio. El día siguiente, la Convención, recientemente reunida, decreta la abolición de la monarquía. La infundada condena a muerte del Rey y su inicua ejecución, el 21 de enero de 1793, acaban de envenenar el conflicto y hunden a Francia en las tinieblas del Terror (5 de septiembre de 1793).

Las Masacres de Septiembre

En uno de los episodios más atroces de la Revolución francesa, se perpetúan, del 2 al 7 de septiembre de 1792, ejecuciones masivas en diversas ciudades de Francia. Todo inicia en un París amenazado con la llegada anunciada de las fuerzas austro-prusianas. Antes de la partida de los voluntarios hacia las fronteras, Dantón desea purgar la ciudad de los elementos « sospechosos », es decir los nobles y los sacerdotes, según sus palabras « conspiradores feroces ». El horror se desata en el cruce de Buci, donde es masacrada una caravana de curas refractarios por un grupo de soldados. Enseguida 23 religiosos más serán degollados en la Prisión de la Abadía, extendiéndose la matanza al Convento de las Carmelitas donde se encuentran presos 150 curas no-juramentados quienes, mientras oran arrodillados en el altar, son descuartizados a hachazos y a cuchilladas con picas. En la Abadía, se organiza un « tribunal » en el que, bajo los alaridos de los asesinos y de las verduleras callejeras « más excitadas que los hombres », se ejecuta durante toda la noche a más de 300 personas. Las matanzas se extenderán durante cinco días más, en la iglesia jesuita San Pablo-San Luis, en la Conserjería, la prisión del Gran Chatêlet, la prisión de las Carmelitas, la Force… Les siguen las ciudades de Reims, Orleáns, Meaux, pues el « amigo del pueblo », el gravemente trastornado Marat, principal instigador de estos crímenes, desea esparcir estos sangrientos « tribunales » en todo el país. El 3 de septiembre publica que: « estos actos de justicia han parecido indispensables [a la Comuna de París] para retener por el terror a las legiones de traidores escondidos en sus muros (…) y sin duda la nación toda entera (…) se apresurará en adoptar este medio tan necesario a la salud pública ». Las escenas más repugnantes tendrán lugar en el hospicio de la Salpétrière y en Bicêtre, donde se violará a las prostitutas, a las locas y a las niñas huérfanas antes de destazarlas inertes y aún vivas. El balance de estas jornadas será, tan sólo en París, de 1300 ó 1400 víctimas, y lo peor del cuadro es que semejantes actos no fueron espontáneos, sino premeditados y organizados, siendo los masacradores abrevados y remunerados, seis francos al día, según algunas fuentes. En estos grabados de la época presenciamos, en ese orden, la Masacre de los curas refractarios en la prisión del antiguo convento de las Carmelitas, la Decolación de la princesa de Lamballe, y la Masacre de prisioneros de derecho común en el Hotel de La Force.

La insurrección armada de los medios rurales del oeste lleva la apelación genérica de « Chuanería », que proviene del apodo de Sagrado corazón en un escapulario vendeano.un tal Jean Cottereau, llamado Juan Chouan, conocido por su imitación perfecta del grito de la lechuza, « toque de llamada » de los insurgentes.
La conspiración realista bretona de la Rouerie marca el inicio del alzamiento popular durante el primer trimestre de 1792. Conocerá a lo largo de los años venideros diversas peripecias, alternándose momentos paroxísticos con raros periodos de calma provisional. Una verdadera guerra civil enfrentará a miles de campesinos a los ejércitos de la República en una guerra sin merced.
Paralelamente, un poco más al sur, en la Vendea, la situación da un giro trágico y de proporciones históricas cuando, el 2 de agosto de 1793, la Convención hace publicar en el diario Moniteur, órgano oficial del Estado, el decreto siguiente: « Serán enviadas a Vendea materias combustibles de todas suertes para incendiar los bosques, los bosquecillos y las retamas. Los bosques serán abatidos, los antros de los rebeldes aniquilados, las cosechas cortadas y las bestias confiscadas. La raza rebelde será exterminada, la Vendea destruida ». Es la prescripción que, por orden estatal, desencadena formalmente en dicho departamento occidental el genocidio de católicos, primero de la era contemporánea, y que el gobierno de la república francesa nunca ha querido reconocer, negándose obcecadamente hasta el día de hoy a hacer acto alguno de arrepentimiento y ofrecer excusas públicas.

El martirio del abate Voyneau, 28 de febrero de 1794
Vitral (1941) del maestro vidriero Lux Fournier de Tours en la capilla de Lucs-sur-Boulogne, Vendea.
El 28 de febrero de 1794, en Vendea, los generales republicanos Cordellier y Crouzat se enfrentan a las tropas del general François-Athanase de Charette de La Contrie, general en jefe del ejército Católico y Real. Antigua iglesia de los Lucs-sur-Boulogne.
A la cabeza de la 9ª columna incendiaria del general Turreau, y con la orden expresa de la Convención de « exterminar » a « los bandidos » de la región, las huestes revolucionarias, pillándolo, saqueándolo, incendiándolo, violándolo y masacrándolo todo a su paso, se han adentrado hasta las landas de la Vivandière, donde sufren una dura derrota. No obstante, el ejército vendeano, a pesar de su victoria, agotado y decimado, se ve forzado a replegarse, retirada que no pasa desapercibida en las filas de los incursores. Decidido a tomar represalias sin conceder cuartel, Cordellier, quien ha logrado reagrupar a los fugitivos desperdigados, ordena entonces forzar la marcha hacia los Lucs-sur-Boulogne, pequeña comuna rural de 2050 habitantes.
Enterándose de la llegada inminente de un escuadrón improvisado comandado por el jefe de batallón Matincourt, el abate Louis-Michel Voyneau, cura de la parroquia del Petit-Luc (la comuna constaba entonces de dos parroquias, siendo la otra el Grand-Luc) toma el camino de la Malnaie y se presenta ante las columnas republicanas, exhortando a la soldadesca a no dañar a los feligreses. Es entonces aprehendido, atado a un árbol y torturado, antes de expirar arrancándosele con una pinza la lengua y el corazón que será enseguida machacado a pisotones por sus asesinos sobre las piedras del camino.
Aterrados ante tan espeluznante barbarie, los pueblerinos huyen despavoridos y se refugian como instintivamente en la iglesita local. Acorralados sin salida, medio millar de ellos –incluidos ancianos, mujeres y niños, un centenar de ellos menores de siete años– son encerrados y quemados vivos dentro de la capilla (en la foto), misma que es a su vez acribillada ulteriorrmente a cañonazos con todos los desdichados calcinados dentro de ella.

 

Por su lado, los chuanes fracasan frente a Granville el 13 de noviembre de 1793. Son desbaratados en Le Mans en una batalla callejera, el 12 de diciembre. Obtienen a su vez algunos éxitos en emboscadas horribles. El ejército de la República replica con las tristemente célebres « Columnas infernales ». La crueldad y la vileza de los enfrentamientos es indecible. El conflicto, primer genocidio de la era contemporánea, provoca un enorme número de víctimas asesinadas en las condiciones más atroces. El representante de la República, Carrier, se distingue particularmente en el horror en Nantes. Sus excesos terroristas de una refinada crueldad indisponen inclusive a algunos republicanos, quienes terminan condenándole a muerte y le ejecutan el 23 de noviembre de 1794 (ver también nuestra página Napoleón y la religión).
Los insurgentes sufren una muy severa derrota en Savenay el 23 de diciembre de 1793, resultando de esto una relativa calma. Se cree que se acerca la paz con la acción pacificadora de La Jaunaye. Una amnistía y la libertad de los cultos son concedidos a los vendeanos el 17 de febrero de 1795.
Sin embargo, la chuanería vuelve a surgir como nunca en ocasión del asunto de Quiberón. Muchos miles de emigrados, transportados y escoltados por agentes de Inglaterra, desembarcan en la península el 15 de julio de 1795. Hoche los echa brutalmente al mar o los dispersa en los campos, donde son acogidos mal que bien por los chuanes.

Las guerras de exterminio en Vendea y Bretaña

Por medio de los decretos del 2 de agosto y del 1º de noviembre de 1793, el gobierno revolucionario de la Convención, en su voluntad de descristianización del territorio, se lanza a la destrucción de la Vendea y del « exterminio » de la « raza rebelde », es decir los realistas y los católicos de dicha región del oeste de Francia que perdió en este genocidio a unos 350 000 habitantes. Los horrores de esta campaña son ilustrados por personajes abyectos como el general republicano Louis Marie Turreau (1756-1816), famoso organizador de las Columnas Infernales que masacraron a decenas de miles de vendeanos y asolaron toda la región sin escatimar bestias, campos y bosques. A principios de 1794, tras la debacle del ejército realista en el Loira, ya sólo subsisten en la región bandas aisladas y siempre decrecientes de resistentes; las Columnas se encarnizan entonces con la población indefensa. Uno de los reportes del mando republicano nos informa que: « … Matamos a cerca de 2000 [pueblerinos] cada día... Mandé maté (sic) esta mañana a 53 mujeres, igual número de niños... Quemé todas las casas y degollé a todos los habitantes que encontré. Prefiero degollar para economizar mis municiones... ». Sorprendentemente, este hombre perverso atraviesa los gobiernos sucesivos hasta 1816 sin ser inculpado por sus crímenes, tras ser absuelto por unanimidad en un juicio en 1795. Su contemporáneo, el senador estadounidense William Plummer, nos dice de éste hombre de « grandes bigotes, cara roja feroz y ojos encendidos » que golpeaba a su mujer con un látigo, que « nunca [había] contemplado un rostro tan cruel y sanguinario ». Atravesando impune todos los gobiernos que se suceden e incluso ocupando cargos importantes tanto militares como diplomáticos, en 1814 presta juramento de lealtad a Luis XVIII e, increíblemente, al restaurarse el trono borbónico tras los Cien Días, ¡aparece en la lista real de beneficiarios de la Cruz de San Luis! Vemos arriba Las Columnas infernales en Cholet y La defensa de Rochefort-en-terre, por Alexandre Bloch (1857-1919).

Después de la derrota de los Realistas, Hoche lleva a cabo una eficaz campaña de pacificación, combinando firmeza y apaciguamiento religioso. Los jefes insurgentes son capturados y fusilados, Stofflet en Angers el 25 de febrero de 1796 y Charrette en Nantes el 29 de marzo de 1796. En el verano de 1796 el sometimiento es más o menos general.

La represión anti-realista del 18 de Fructidor reaviva nuevamente la rebelión. El efímero Rochecotte realiza la coordinación interregional de la chuanería. En agosto de 1799 se produce la tentativa de la « guerra de las cabezas de partido » en Vendea, Anjou y Normandía. Châtillon se apodera de Nantes, Bourmont de Le Mans, Mercier de Saint Brieuc, de Sol de La Roche Bernard. Frotté llega a los suburbios de Versalles; pero esas localidades se pierden de inmediato.
La calma temporal en las fronteras consecutiva a las victorias de Brune y de Masséna contra la segunda coalición permite al Directorio recobrarr la ventaja.

Para entonces, poner un punto final a esta guerra civil constituye evidentemente una prioridad para el Primer Cónsul.
Así, empieza por dar muestra de su apacibilidad a través de gestos de buena voluntad. Suprime la fiesta revolucionaria que conmemora, el 21 de enero, el aniversario de la ejecución de Luis XVI. Firma la abolición de la Ley de los rehenes, votada por el Directorio tres meses antes, y se presenta ostensiblemente en la prisión del Temple para liberar a los detenidos concernidos.
Asimismo, ofrece una amnistía general a los chuanes y promete volver a discutir la cuestión de la Constitución Civil del Clero.
Convencido, el abate Bernier, cura de Anjou, provoca múltiples uniones en todo el oeste y lleva a cabo un papel considerable de apaciguamiento.

Pero por supuesto el perdón y la generosidad no bastan. Por desgracia queda por terminar el trabajo de pacificación sometiendo por la fuerza a irreductibles grupos de resistencia con los generales Brune, Gardanne, Chabot y d’Arnaud. El Primer Cónsul les recomienda la más grande firmeza asociada a « una gran tolerancia para con los sacerdotes »; figuras clave, sabe que ellos tienen la solución del problema.

Los resultados se manifiestan rápidamente. Todo el sur del Loira se somete. La captura de Bourmont hace ceder al Maine y el país de Chartres. Éste singular personaje dará tristemente qué decir de él llegado el momento de Waterloo.
La muerte de Frotté, en condiciones cercanas al asesinato como consecuencia de un grave malentendido, trae consigo la rendición de Normandía. Un tratado general de paz puede por fin ser firmado. Se trata de una especie de pacto de honor, que acuerda el perdón a los insurgentes contra una entrega de las armas, muy liberalmente aplicada.

« Escena de la guerra de los chuanes »
El movimiento realista y católico conocido como la Chuanería se manifestó en 1794 y hasta 1800 en doce departamentos de Francia, especialmente en Maine y Bretaña. Sus principales motivaciones eran la defensa férrea de su fe cristiana, del rey, y su oposición obstinada a la conscripción militar por las autoridades revolucionarias. Sus hazañas y bravura serán inmortalizadas por grandes literatos como Balzac, Víctor Hugo o Barbey d’Aurevilly. Para su mala fortuna, sus tácticas de guerra eran muy pobres, basándose principalmente en asaltos y emboscadas de tipo guerrillero. Cuadro (1882) de Auguste Émile Bellet (1856-1911).

Hasta el indómito Georges Cadoudal consiente operar un alto de las hostilidades, pero rechaza toda deposición de armas. El Cónsul Bonaparte le recibe en dos ocasiones en el palacio de las Tullerías con la esperanza de hacerle unírsele plenamente. Por desgracia, a pesar de sus ofertas generosas se obstina en su irreductible oposición. Como lo hemos visto más arriba, pasará entonces de la guerrilla a la acción terrorista.
Señalemos que además de Bourmont, varios notables chuanes se unen al nuevo régimen consular, entre los cuales los generales de Piré y de Scépaux.

Para terminar con el conflicto de la chuanería, ésta conocerá más tarde algunas resurgencias localizadas y efímeras con de Bar, d’Aché, Arnaud de Chateaubriand y Luis de la Rochejaquelein. No obstante, su acción, muy puntual, se aparentará más a la llevada a cabo por servicios secretos que a un real enfrentamiento armado. A la postre, el espíritu chuán seguirá manifestándose, pero a través únicamente de la oposición electoral.
Por su lado, « los vendeanos aceptaron con premura al Consulado cuyo primer esmero fue devolverles sus templos y sus sacerdotes », resume Émile Gabory, archivista de dicho departamento, en el prefacio de su obra Napoleón y la Vendea (1912).

¡Tras la paz de los corazones y la paz de los bravos, llega el turno de la paz de las almas!

Instituto Napoleónico México-Francia, INMF.